El diseñador industrial Alejandro Tapias recuerda aquellas tardes en las que, siendo niño, buscaba lombrices y cazaba mariposas con la fascinación de descubrir mundos ocultos bajo la tierra. “Mi melliza se podía morir del asco, pero para mí era magia”, confiesa. Esa remembranza se convirtió en la semilla creativa de Insecta, una de las colecciones más ambiciosas de su firma Alta Estudio , que presenta nuevas piezas . Tras un viaje a la selva, años más tarde, Tapias se volvió a encontrar con los mismos protagonistas de su infancia: escarabajos, mariposas, grillos y polillas que, aunque diminutos —algunos de apenas cinco milímetros—, se revelaban como estructuras perfectas de color, textura y simetría. Esa atención lo llevó a imaginar cómo trasladar la majestuosidad de lo pequeño al lenguaje del diseño contemporáneo. “La inspiración principal está en la biodiversidad que existe en Colombia. Quise mostrar la belleza de animales que muchas veces pasamos por alto”, cuenta Tapias, quien también es el director creativo del estudio. El gran gesto creativo de Insecta está en darle la vuelta al prejuicio de rechazar los insectos. “Decidí hacer un frutero inspirado en un insecto, un objeto hermoso que sostuviera lo que comemos todos los días. Me parecía poético transformar el desagrado en admiración”. El diseño de las piezas Cada pieza de esta línea equilibra función y estética. Son accesorios de mesa que se insertan en la cotidianidad —fruteros, bases, contenedores— y que, al mismo tiempo, son portadores de narrativas ancestrales. El proceso de materialización no es menos fascinante. Las bases parten de maderas caídas, recolectadas en los territorios, lo que garantiza que ninguna pieza sea idéntica a otra. Sobre esa superficie, miles de diminutas chaquiras checas —entre 25.000 y 65.000 por objeto, en promedio— conforman patrones inspirados en insectos colombianos. La técnica de enchape con chaquiras proviene del oficio de la comunidad indígena kamëntsa, en el valle de Sibundoy (Putumayo). “Me interesaba investigar cómo podía enaltecer la belleza de la naturaleza por medio de una técnica tradicional. Con las chaquiras ocurre algo increíble: es como dibujar con pixeles, punto a punto, hasta que aparece el patrón completo”, explica. El viaje de cada objeto es un mapa de colaboraciones. Las bases de madera son torneadas en Tenjo (Cundinamarca) por Guillermo Forero, un maestro del oficio. Luego las trasladan hasta Sibundoy, donde mujeres —lideradas por Lizeth Guerrero y Rosalva Mavisoy— tejen los diseños con chaquiras. Por último, regresan a Bogotá para su terminado en la casa-taller de Alta Estudio. “Cada pieza guarda en sí misma un cúmulo de historias y anécdotas. Esa es la riqueza del proceso”, agrega. Estas piezas están pensadas para adornar desde casas y restaurantes hasta clubes u hoteles. Pero más allá de su funcionalidad, lo que Tapias busca es provocar emociones. “Me encanta ver la cara de la gente cuando se da cuenta de que el objeto está compuesto por diminutas bolas de vidrio soplado, pero más aún cuando les explico que el patrón proviene de un insecto colombiano. Ahí se sorprenden de verdad”. Alta Estudio se ha convertido, así, en un laboratorio de memoria y belleza. Sus piezas cuentan historias de oficios, paisajes, fauna y flora colombiana. Es un homenaje al país y al talento de las manos que lo construyen.
