De plantas y planetas

Adriana Gallego estudió arquitectura y hace cinco años decidió dedicarse al paisajismo. Hoy, sus jardines y plantas son reconocidos por su exótico diseño y creatividad.

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Adriana Gallego vive rodeada de plantas. En 2007, durante una estancia en México, conoció al arquitecto Simón Vélez. Del encuentro surgieron una serie de participaciones en distintos proyectos del arquitecto y la revelación de un gusto por el mundo de las plantas. Fueron las emblemáticas construcciones de Vélez, que se adaptan al paisaje sin modificarlo, las que despertaron su sensibilidad por las plantas. Así comenzó un trabajo experimental y autodidacta que le ha permitido crear singulares diseños y promulgar la importancia de tener un poco de verde en cada espacio.

Sus primeras creaciones las realizó en dos terrazas en el norte de Bogotá en las que utilizó plantas exóticas, materas en un muro vertical y algunas plantas colgantes. Sin embargo, Adriana quería dar un paso más, salirse del molde. Fue entonces cuando recordó los jardines verticales creados por el francés Patrick Blanc. Investigó por Internet la técnica exacta y dio rienda suelta a su creatividad con el uso de exuberantes plantas que le proporcionaran un aspecto casi selvático al diseño. “Ese fue el primer proyecto con el que hice un click –sostiene–. Me di cuenta de que mucha gente vive en apartamentos y de que sería muy lindo tener una planta, una especie de regalo vivo, en un espacio cerrado”.

Mística japonesa

Estudiando los jardines japoneses descubrió la técnica de la “bola de musgo”, que consiste en poner en un plato una bolita de tierra cubierta con musgo de donde nace un árbol. “Los japoneses ubican las plantas en un lugar casi místico que respeta la armonía del espacio. Cuando encontré esta técnica pensé que podría involucrar mi conocimiento de las sky planters y colgarlas, luego escogí la lágrima de bebé porque en Colombia está prohibido usar musgo”.

 

Adriana experimentó durante ocho meses con diferentes tipos de árboles, plantas de flor, mezclas de tierra y distintas fibras hasta que encontró el punto exacto en el que una planta puede estar sin contenedor. Por supuesto, sus conocimientos de arquitectura ayudaron a darles la estructura y el peso justo a cada esfera. Para ella, inspirada desde la niñez por la historia de El Principito, estas creaciones son planetas que florecen y se transforman con el paso del tiempo como reflejo de la mutabilidad de la vida. “La idea es que la gente los vea así y los cuide como si fueran su propio planeta. También me gusta que mis plantas se salgan de lo convencional y se vuelvan un objeto escultural del lugar, por eso mi producción es limitada, trato de que sean un poco coleccionables para que las valoren más y las cuiden mejor”.

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