El edificio de Posgrados de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Colombia, en Bogotá, construido entre 1995 y 1999 por Rogelio Salmona, más que una obra emblemática, es una lección sobre cómo la arquitectura se puede convertir en experiencia, sobre todo si esta es colectiva.

Concebido con la premisa de priorizar los espacios comunes sobre los criterios funcionales, el tiempo ha demostrado que estos principios trascienden. El habitar colectivo y el vínculo con el entorno son cimientos de esta obra y el común denominador de los edificios de Salmona.
La arquitectura del edificio
En el edificio de Posgrados las circulaciones nos invitan a caminar pausado, a estar atentos, y los espacios colectivos promueven la conversación espontánea y la contemplación del paisaje exterior. Por eso, el programa de aulas y corredores fue apenas una excusa para crear un conjunto de patios, rampas y terrazas que permiten descubrir la universidad como una extensión del conocimiento. “Allí, la arquitectura se convierte en escenario del saber y del encuentro, en un territorio donde la comunidad se reconoce a sí misma”, afirma la arquitecta María Elvira Madriñán, albacea del legado de Salmona.

Una de las innovaciones que en su tiempo introdujo el proyecto fue el uso de un concreto de tono ocre y formaletas diseñadas especialmente para lograr texturas que respondieran a su geometría y a los aparejos de ladrillo. Esa materialidad cálida, en diálogo con el paisaje bogotano, dio origen a un lenguaje arquitectónico propio.
De ahí que su impacto vaya más allá del programa académico que acoge. En un campus donde lo natural y lo construido dialogan constantemente, esta obra reafirma el valor del espacio público en una universidad con vocación social. Su reconocimiento como bien de interés cultural nacional confirma su importancia no solo como patrimonio arquitectónico, sino también como símbolo de la educación pública y de la memoria colectiva del país.

Hoy, el edificio de Posgrados de Ciencias Humanas sigue siendo un referente de cómo la arquitectura universitaria puede trascender el aula: un espacio vivo de encuentro y comunicación donde se cultivan la reflexión, la pertenencia y la identidad colectiva.
