Pensar el campus como un organismo vivo: el legado del edificio Alberto Lleras Camargo 30 años después

Tres décadas después de su construcción, el edificio confirma la vigencia de una arquitectura donde la durabilidad l y la claridad espacial siguen sosteniendo la vida académica y urbana.

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Con más de tres décadas de existencia, el edificio Alberto Lleras Camargo marcó un punto de inflexión en la historia de la Universidad de los Andes. Concebido por Guillermo y Daniel Bermúdez, no solo ayudó a reorganizar el crecimiento del campus, sino que transformó su relación con la ciudad. 

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Pensar el campus como un organismo vivo: el legado del edificio Alberto Lleras Camargo 30 años después

Antes de su construcción, la universidad se cerraba sobre la calle 18; sin embargo, con la apertura del Lleras el centro educativo se abrió hacia el eje ambiental y hacia el oriente, consolidando un nuevo acceso proporcional a la escala del campus y a su vocación de conexión con la ciudad.

Detalles del edificio

Daniel Bermúdez recuerda que el proyecto —Premio Nacional de Arquitectura en 1992, durante la Bienal Colombiana de Arquitectura y Urbanismo— se desarrolló en paralelo a un plan de ordenamiento general. “El edificio fue el comienzo de una columna vertebral que conecta hoy todo el campus, desde abajo hasta la avenida Circunvalar y la zona deportiva”. Esa visión, que él llama “una mirada a escala uno a dos mil”, implica entender la intervención arquitectónica desde la distancia: no como un conjunto de edificios aislados, sino como un organismo que se debe integrar con su entorno urbano.

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El Lleras encarna esa idea, en su relación tanto con la ciudad como con la topografía. En una ladera compleja, entre construcciones preexistentes y niveles cambiantes, el proyecto se adapta con precisión. “Tuvimos dieciséis puntos de empate con otros edificios. Era una pieza de relojería, milimétrica”. Esa condición le da al conjunto una cualidad única: no se impone, sino que se ajusta al terreno y se convierte en recorrido, balcón y mirador.

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Su austeridad material, expresada en bloques de concreto, pisos de adoquín cuarto 26 y estructuras visibles, define una arquitectura sin artificios, pensada para durar y para servir. 

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Tras más de 30 años de servicio a la universidad y apenas mínimas intervenciones interiores, el edificio confirma el acierto de su planteamiento. “Hoy en día, no cambiaría nada del proyecto”, asegura Daniel Bermúdez. Solo lamenta que la terraza superior, concebida como un espacio abierto para mirar el campus, la haya ocupado un local comercial. “Esa escalera es el paisaje. Desde allí se entiende lo que es la universidad”, puntualiza.

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