“No”. Esa respuesta enfática —sin dudarlo por un instante— es la que da el arquitecto Santiago Arango, socio fundador de la firma ALH Taller, cuando le preguntan si cambiaría algo en el diseño del edificio Matorral —ubicado en Medellín—, al ver el proyecto en retrospectiva.

Detalles de la arquitectura del edificio
Para él, con esta obra se logró el objetivo que se plantearon desde un comienzo: mantener los materiales crudos para que envejeciera de manera natural, presentando esa pátina que solo da el tiempo.

Y es que su nombre no podría ser otro, más si se visita la construcción en esta época, cuando la naturaleza se ha apoderado de su fachada. Sus gruesas losas de concreto parecen flotar entre verdes ramas, dándole una liviandad particular a la edificación, ganadora en la categoría de Hábitat y Vivienda Colectiva en la edición XXV de la Bienal Colombiana de Arquitectura y Urbanismo.

“La vegetación se tragó el edificio de manera natural. Incluso, volvieron especies de animales que habían abandonado la zona; hay iguanas que entran a los apartamentos, especialmente en el tercer y cuarto piso”. En su interior, celosías abiertas en sus circulaciones y ventanales de piso a techo permiten que sus habitantes estén en contacto constante con esa exuberante naturaleza, lo genera que todos los niveles disfruten de un frondoso jardín —incluso, las cocinas se extienden hacia sus propias huertas—.

En este edificio residencial, en este bosque en altura, es la naturaleza la encargada de finalizar la obra, no el ser humano. Y es ahí donde reside su verdadero éxito: la estructura no se impone, sino que abraza y potencia el entorno natural que ofrece una ciudad como Medellín.
