El Founders Building (Edificio Fundadores), nuevo edificio central del Colegio Anglo Colombiano, diseñado por el Taller de Arquitectura de Bogotá (tab>|), con la dirección de Daniel Bonilla y Marcela Albornoz, organiza y concentra una serie de programas que el centro educativo venía absorbiendo de manera fragmentada.

Administración, dirección de bachillerato, rectoría, admisiones, áreas de apoyo académico, biblioteca, espacios para música, drama y fotografía, y un gran salón divisible, destinado esporádicamente para albergar los exámenes del IB (international baccalaureate o bachillerato internacional), encuentran aquí un lugar común.
A parte de ampliar el campus, el proyecto ordena su funcionamiento y libera infraestructuras existentes para devolverlas a su uso original, como el gimnasio, antes ocupado durante semanas por estas evaluaciones.

El edificio, que ocupa el cuarto costado de la plazoleta central del colegio, consolida este espacio como su corazón cívico. Si la plazoleta opera como una pequeña pieza urbana interior, este volumen asume la responsabilidad de darle cierre.

En vez de resolver su acceso de manera específica, el proyecto construye una transición amplia hacia la plaza mediante una escalinata que funciona como gradería y circulación, que se convierte en superficie de encuentro, posibilidad de eventos y, sobre todo, como un gesto que subraya su condición pública. “Al ser el edificio central del colegio, queríamos darle un carácter especial, análogo a uno más público dentro del conjunto”, explica Daniel Bonilla.

La arquitectura, al elevar el acceso principal, permite múltiples aproximaciones al edificio y genera dos planos de actividad equivalentes. Tanto el nivel a ras de la plazoleta como el superior, al que se llega con naturalidad desde las graderías, funcionan como superficies de carácter público que fomentan el intercambio y la interacción. “Con esta estrategia terminamos duplicando el primer piso, creando un acceso muy permeable”, señala Bonilla.

Por otra parte, en el segundo nivel ubicaron la rectoría y admisiones, en tanto que la biblioteca multipropósito y el salón divisible están en el tercero, y en el último, la administración general. El sistema estructural de las plantas superiores llega al suelo apoyado sobre unas columnas de concreto en forma de V, que permiten transferir cargas y ajustarse a las huellas existentes entre los pisos, haciendo visible la lógica constructiva.

El edificio retoma la tipología histórica del campus: bloques de ladrillo organizados en torno a un patio. En este caso, el patio se cubre y se convierte en atrio, un vacío central que articula circulaciones, introduce la luz y favorece la ventilación. Las fachadas interiores que dan forma a este patio se plantean como una piel tejida que se resuelve con un mismo elemento y diferentes ritmos en los antepechos, barandas y bordes de placa.

En la fachada exterior, el ladrillo se trabaja como masa horadada. Esta piel se concibe como una intrincada celosía tridimensional, resultado de sustracciones profundas que generan sombra, control solar y vistas filtradas. “Es como si recortáramos un papel, pero hecho de ladrillo”, describe el arquitecto.

La profundidad de esas perforaciones en fachada, sumada al estriado entre las piezas de gran formato, intensifica el efecto de luz y sombra, y acentúa la condición material del proyecto. El concreto, pigmentado en un tono tierra cercano al ladrillo, acompaña esa decisión.

Al unificar colores, la arquitectura construye una atmósfera monocromática que reduce la estridencia visual y permite que la forma, la luz y la textura sean las verdaderas protagonistas. “Hay demasiada información en la vida cotidiana. Por eso, estamos intentando que estos edificios ofrezcan algo de balance, algo de sosiego”, explica Bonilla.
El diseño del edificio
En ese sentido, el edificio asume una doble condición: formalmente es rico en pliegues, perforaciones y variaciones de sección; en cambio, cromáticamente se mantiene contenido. La repetición de un mismo rango tonal, entre arcilla y tierra, construye una continuidad perceptiva que amortigua la complejidad espacial. La sombra proyectada por las estrías, las aletas y las perforaciones produce matices suficientes para que la monocromía no se vuelva plana, sino vibrante.

En el primer nivel, los patios triangulares y muros inclinados dejan ver una dimensión más plástica, reforzando la idea de la arcilla como material moldeable. “La arcilla no es un papel, es masa”, asegura el arquitecto, aludiendo a una aproximación estereotómica —tallar, cortar y ensamblar materiales sólidos—, que entiende el edificio como un volumen trabajado desde la profundidad.

La biblioteca concentra uno de los gestos más singulares: un gran tragaluz piramidal que atraviesa varios niveles e ilumina de manera dramática el espacio principal. Aunque su luz solo llega directamente a la sala de lectura, su presencia se revela en los pisos superiores como pirámides truncadas que dan pistas sobre su existencia.

En conjunto, el edificio consolida el centro del campus a partir de una arquitectura generosa en los espacios que abre al uso colectivo y precisa en su materialidad. La riqueza de sus texturas, de los pliegues volumétricos y del juego entre luz y sombra convive con una monocromía serena que aquieta la percepción; así, el volumen se inserta con naturalidad tanto en el tejido construido del colegio como en el paisaje abierto y verde de la sabana de Bogotá.

Cinco puntos para destacar de esta obra
1. Al ocupar el cuarto costado de la plazoleta, el edificio completa su perímetro y afirma el centro del campus como espacio cívico.
2. La escalinata de acceso transforma la circulación en espacio público, duplica el primer nivel y amplía la base activa del edificio.
3. La celosía tridimensional en ladrillo, trabajada como masa horadada y estriada, construye profundidad, controla la luz y convierte la fachada en un dispositivo climático y perceptivo.
4. La monocromía entre arcilla y concreto tierra reduce la estridencia visual y genera una atmósfera de sosiego.
5. El patio cubierto y el tragaluz piramidal organizan el interior desde la sección al introducir luz profunda y dar coherencia espacial a todo el volumen.
