Revista Axxis
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Uno de los espacios más emblemáticos de la modernidad es la oficina. La concepción del trabajo que se gestó en el siglo XX, ya no aquel victoriano de las minas y fábricas sino el aséptico del bureau, dio forma a lo que hoy podríamos llamar arquitectura corporativa.

Torres de vidrio que contienen cubículos repetidos, plantas abiertas que favorecen la flexibilidad en su distribución y salas de juntas diseñadas como cajas de cristal. La neutralidad parece que fuera el valor fundamental que atraviesa esta arquitectura.

Esa lógica de la caja —abierta, intercambiable e impersonal— funciona bien, pero elimina cualquier rastro de carácter e identidad espacial. El edificio corporativo aparece como un sello y se repite en todo el mundo, sin distinciones sobre el clima, la cultura o el contexto.

Cuando la ONG feminista Fondo de Acción Urgente para Latinoamérica encargó a Yemail Arquitectura la reforma de esta vivienda esquinera para su sede en Bogotá, los arquitectos asumieron una postura opuesta a la de la flexibilidad absoluta.

En vez de vaciar la casa para convertirla en contenedor genérico, decidieron rescatar y visibilizar su condición doméstica para crear un ambiente que cruza el mundo del trabajo con el del refugio, y en lugar de hacer una caja donde todo puede caber, diseñaron un estuche que acoge cada función de manera específica, aprovechando la espacialidad original de la residencia. Con la dirección del arquitecto Antonio Yemail y la colaboración de los arquitectos Natalia Carrero y Jimmi Palacio, el proyecto tomó forma.

El diseño de las oficinas
La casa original, compacta y de dos pisos, estaba construida con muros estructurales de carga, condición que limitaba cualquier gesto expansivo y obligaba a pensar el proyecto desde recintos acotados. Los arquitectos asumieron esa restricción, antes que combatirla.

La reforma comenzó como una labor de arqueología: retiraron los cielos falsos que ocultaban los techos inclinados y demolieron el revestimiento de algunos muros para mostrar el sistema constructivo original. Con esto no solamente recuperaron la espacialidad perdida, sino también mejoraron la calidad lumínica y la ventilación cruzada. Esta operación permitió, además, incorporar una buhardilla bajo la cubierta, ampliando el edificio hasta alcanzar cuatro niveles sin alterar su escala urbana.

En el primer piso, la intervención reorganiza la planta original sin desdibujarla. Tumbaron algunos muros —especialmente en la cocina— para integrar este espacio al área común, lo que implicó incorporar vigas de refuerzo estructural visibles. Así mismo, habilitaron un patio trasero como lugar para el descanso bajo la luz del sol.

En materia de acabados, instalaron un piso en espina de pescado que unifica la planta y enfatiza la continuidad, mientras algunos muros los revistieron con estuco y en otros dejaron expuesto el ladrillo original. La cocina, antes aislada, participa en la vida colectiva de la oficina; hacia la esquina, el antiguo salón curvo se convierte en auditorio con una tribuna fabricada en madera, que amplifica la curvatura de las paredes; el jardín exterior, también rediseñado, se muestra a través de las ventanas como un telón de fondo cercano que se mezcla con el paisaje urbano. Los gestos arquitectónicos que definen la esquina se traducen en el proyecto en sistemas de mobiliario, pensados como una segunda arquitectura.

En el segundo nivel, recuperaron el piso de madera existente y organizaron las áreas de trabajo, pero conservando su proporción doméstica. Mesas diseñadas a medida acompañan la geometría de los espacios y se integran a la estructura original, mientras pequeñas ventanas circulares perforan algunos muros interiores para conectar visualmente estancias y permitir el paso de la luz, sin anular la condición de habitación. Las actividades laborales ocurren en áreas definidas, no en superficies indiferenciadas.

La escalera existente se mantiene como eje vertical, mientras una nueva, metálica y ligera, conduce a la buhardilla. Allí, bajo la cubierta de madera revelada, habilitaron un espacio para yoga y prácticas corporales. La estructura expuesta, la pendiente del techo, la luz y la relación visual con el vacío de la escalera principal construyen una atmósfera distinta de la del resto de la casa, y amplían el programa sin perder la intimidad. La paleta cromática se remite a los tonos originales de la vivienda, al tiempo que las lámparas metálicas diseñadas para el proyecto aportan momentos de color que contrastan con el fondo.

El proyecto no borra la arquitectura original; la rescata. No persigue la neutralidad sino el carácter. Cada espacio se pensó como un estuche hecho a medida para su actividad. En tiempos en los que el trabajo tiende a deslocalizarse, esta reforma propone lo contrario: un entorno que conserva la escala, el espesor y la condición de refugio del hogar.

Diseñar un lugar para trabajar manteniendo su atmósfera doméstica es también una declaración sobre el cuidado que promueve el Fondo de Acción Urgente para Latinoamérica. Es una oficina, sí. Pero sigue siendo una casa.

Cinco puntos para destacar de esta obra

1. Los arquitectos reformaron esta casa para adaptarse a su nuevo uso corporativo, sin perder el carácter doméstico de la construcción original.
2. La vivienda alcanza cuatro niveles al habilitar la buhardilla existente, sin modificar su volumetría urbana.
3. El sistema original de muros portantes se conserva; las aperturas nuevas se resuelven con refuerzos estructurales visibles.
4. La tribuna curva del auditorio reinterpreta la geometría de la esquina y convierte la antigua sala en espacio colectivo.
5. Las ventanas circulares interiores permiten conexión visual y paso de luz, sin borrar la condición doméstica de las habitaciones.
