Revista Axxis
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Las infraestructuras de transporte masivo contienen una oportunidad que, con frecuencia, se desaprovecha: producir arquitectura pública. Más allá de resolver flujos y eficiencias, estos proyectos pueden construir ciudad, definir espacio público y establecer nuevas relaciones entre movilidad, permanencia y vida colectiva. Cuando esto ocurre, la infraestructura deja de ser soporte netamente utilitario y pasa a ser un lugar para la vida ciudadana.

En el centro histórico de Riad (Arabia Saudita), la estación Qasr Al Hokm asume esa condición desde su implantación. El proyecto, diseñado por la firma noruega Snøhetta, no se plantea como un objeto aislado, sino como una pieza que reordena el tejido urbano y articula múltiples accesos, conectando distintos niveles de la ciudad. Más que un punto de paso, el edificio construye un sistema de espacios públicos que acompañan el movimiento y permiten la permanencia.

Sobre ese sistema se posa un cono reflectivo de 360 grados que corona el conjunto y refleja el entorno urbano que lo rodea. Su geometría no responde a un gesto autónomo, sino a una operación ambiental. La superficie espejada capta la luz natural y la proyecta hacia el interior, introduciendo variaciones lumínicas que transforman la percepción del espacio a lo largo del día. La sección del edificio se organiza a partir de esta pieza.

Detalles de la arquitectura de Qasr Al Hokm
En la parte inferior se construye un mundo subterráneo que se aleja de la idea de encierro. La luz, conducida desde la cubierta, define un espacio abierto y continuo, atravesado por jardines que incorporan vegetación en el interior de la estación y conforman estancias de espera.

No se trata de una cueva, sino de un paisaje contenido que acompaña el flujo de pasajeros y propone una mirada diferente acerca de esta clase de infraestructuras.
Los muros de concreto se perforaron con un patrón triangular que hace eco de los motivos aplicados en la arquitectura local, anclando así la obra a la tradición del lugar.

Por otro lado, los arquitectos proponen el empleo de tecnología para garantizar la sostenibilidad e incluso generar una condición lúdica en el complejo; sobre su cubierta, una serie de paneles fotovoltaicos aportan a la demanda energética del conjunto, mientras una instalación de media art introduce información y contenido visual en la experiencia cotidiana del usuario, ampliando así la dimensión cultural del espacio.

Más que una simple terminal de transporte, el proyecto se convierte en un detonante de su entorno urbano. Es edificio, pero también es plaza y parque. Recoge condiciones del contexto y las traduce en una arquitectura que pone en tela de juicio la recurrente espacialidad oscura y lúgubre de las estaciones subterráneas de metro. Al hacerlo, se convierte en un icono reflexivo, en un espejo multidimensional.
