Revista Axxis
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El objetivo de ALcuadrado Arquitectos, firma con sede en Cali (Valle del Cauca), es muy claro: contar historias a través del espacio que permitan tener como protagonistas a las personas que lo habitan. Desde 2017, Luisa Aponte, Laura Núñez y Luisa Arango han trabajado en sectores tan diversos como espacio público, paisajismo, urbanismo y arquitectura efímera, siempre buscando generar identidad, pertenencia y conexión emocional.

¿Existe alguna característica recurrente, ya sea espacial, material o formal, en sus proyectos?
Desde el BioParque Museo Vivo hasta el Bulevar del Oriente, y desde los pabellones del Festival Petronio Álvarez hasta el parque Pacífico, hay una pregunta que atraviesa todo lo que hacemos: ¿para quién es este espacio y qué historia tiene el derecho de contar? Esa es, en el fondo, nuestra característica más recurrente. No es un lenguaje formal único lo que une nuestra obra, sino una actitud: la convicción de que la arquitectura y el paisaje son instrumentos mediante los cuales las comunidades se reconocen en el territorio que habitan.

En el Bulevar del Oriente, como plataforma urbana y cultural que narra la historia del oriente y reivindica a sus habitantes; en los pabellones del Petronio, en estructuras efímeras que traducen la cultura del Pacífico —sus tramas, sus texturas, sus ritmos— en espacio construido; en el parque Pacífico, entender que la experiencia de la cultura del Pacífico se vive con los cinco sentidos, a la orilla del afluente que da nombre e identidad a la ciudad: el río Cali.
Para usted, ¿qué material o técnica local en nuestro contexto tiene el mayor potencial para construir un sentido de identidad colombiana por medio del diseño o la arquitectura?
Colombia es uno de los países con mayor riqueza hídrica del planeta —Cali tiene siete ríos— y, sin embargo, esa relación entre el agua y la ciudad ha sido históricamente negada o desconocida.
Para nosotras, es esencial conectar o reconectar la vida que habita los espacios, fomentar la creación de una infraestructura ecológica: integrar lo antrópico con lo biótico y abiótico, coexistir con el ecosistema en vez de imponerse sobre él.

Al igual, la memoria del lugar nos ha llevado a investigar o implementar materiales como el gavión, que concentra un potencial enorme como material y como símbolo: es canto rodado que la corriente ha moldeado durante siglos, es memoria física de lo que el río se llevó y de lo que dejó, es masa térmica que refresca sin energía mecánica. Usarlo es también reconocer que el territorio tiene una inteligencia constructiva propia.
En paralelo, las técnicas y materialidades de la cultura del Pacífico colombiano —sus tramas vegetales, sus estructuras ligeras, el uso de la piedra, el bambú y los tejidos, la relación con la humedad y con la sombra— encierran siglos de respuesta bioclimática al entorno.
¿Qué intereses o búsquedas particulares exploraron en su más reciente proyecto?
Nuestro proyecto más importante es el Bulevar del Oriente, hoy un hito urbano en la ciudad de Cali. Nació donde alguna vez transitó el caño Cauquita: un lugar marcado por conflictos ambientales y violencias sociales, una frontera invisible que separaba los barrios Alfonso Bonilla Aragón y Marroquín II.
Hoy en día, es un bulevar de reconciliación de 4,7 hectáreas para la vida, la cultura, el deporte, la educación y el emprendimiento social; una apuesta por la cohesión y el bienestar de una comunidad relegada, durante décadas, a los márgenes de la ciudad. Lo que antes se conocía como “las cicatrices del oriente” es hoy un corredor de dignidad, identidad y pertenencia.

Nuestra búsqueda en él consistió en comprender cómo la arquitectura integrada en el paisaje se puede convertir en un instrumento de reparación urbana y social. Cómo un canal de aguas negras se puede transformar en el sitio donde una comunidad se reencuentra con su propia historia. Cómo el espacio público deja de ser infraestructura para volverse relato: un vehículo que narra, que reivindica, que convierte el simple acto de caminar en un acto de memoria colectiva y de ciudadanía.
Más allá de lo visual, ¿qué experiencia sensorial o emocional quieren producir con su trabajo?
Una experiencia de identidad, reconocimiento y pertenencia. Nos interesa que nuestros proyectos generen emociones en quienes forman parte de ellos, sean locales o visitantes; que al entrar, sientan que ese lugar también les pertenece, que se reconozcan en él; que su historia está ahí, inscrita en los materiales, en los recorridos y en los nombres; que no son invitados, sino protagonistas para quienes se concibió ese espacio.

Más allá de lo visual, nos interesa hacer visible lo intangible: la brisa, las visuales lejanas, la sombra que ofrece una estructura vegetal en el trópico, la frescura del canto rodado en un muro gavión bajo el sol de Cali, el reconocer el sonido del agua en las bajadas al río, la transformación del espacio mismo con las actividades cotidianas, de cómo el simple acto de sentarse, caminar o reunirse se convierte en un acto de dignidad y de ciudadanía.

Si después de recorrer uno de nuestros proyectos, alguien siente que tiene derecho a la ciudad —no solo a transitarla, sino a habitarla, apropiarse de ella y transformarla—, consideramos que hemos hecho bien nuestro trabajo.
¿Cuáles son sus influencias nacionales o internacionales?
En Colombia, Rogelio Salmona sigue siendo una brújula: su manera de entender el espacio público como extensión de lo doméstico, su diálogo permanente con el paisaje y con el ladrillo como materia viva. En la escena latinoamericana, Lina Bo Bardi nos recuerda que la arquitectura más poderosa es la que nace desde y para las comunidades, sin traicionar su potencia formal; Paulo Mendes da Rocha hace hincapié en que lo público no es solo lo que se transita sino lo que nos permite vernos a través de los demás, reconocernos como colectivo.

El pensamiento de Henri Lefebvre sobre el derecho a la ciudad y las lecturas de Adrián Gorelik sobre la ciudad latinoamericana nos nutren desde lo que nos cuestionamos y proyectamos. Inevitablemente, está Cali: una ciudad que es, en sí misma, una influencia inagotable.
Sus siete ríos, su biodiversidad extraordinaria —que la convirtió en sede de la COP16—, la energía de sus comunidades del Pacífico, la simbiosis multicultural que se vive en sus calles, la capacidad de su gente para apropiarse del espacio con música, con color, con movimiento, con fiesta, nos recuerdan, todos los días, que la arquitectura no ocurre en el papel: ocurre en la vida de quienes la habitan.
