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Revista Axxis
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Lograr confort térmico en un edificio es posible por dos caminos. El primero recurre a medios activos, sistemas de aire acondicionado, domótica, sensores de temperatura y tecnología que intervienen el ambiente de manera artificial y continua, con un costo energético permanente. El segundo es el pasivo: decisiones de diseño inherentes a la arquitectura misma que, sin consumir energía, regulan la temperatura interior.

Una correcta orientación respecto al movimiento del Sol, la ventilación cruzada entre fachadas opuestas, el uso de materiales de alta inercia térmica, la presencia de vegetación y el aprovechamiento de fenómenos físicos como el efecto chimenea son algunas de estas estrategias. La bioclimática no siempre tiene que ser una tecnología añadida al edificio, también es posible que sea una inteligencia que define su forma.
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En Cerritos, en las afueras de Pereira, donde la temperatura promedio oscila entre los 30 y los 32 grados centígrados durante el día, la firma pereirana Vélez Valencia Arquitectos, dirigida por Jaime Vélez y Óscar Valencia, aplicó con rigor esa inteligencia en el diseño de una casa para una familia bogotana que visita recurrentemente la capital de Risaralda y tiene intención de migrar a ella en el futuro.

El resultado es una vivienda que no necesita aire acondicionado para ser habitable. Ese es un logro técnico que se alcanzó con sabiduría y sensibilidad hacia el clima, y no con equipos que consumen energía. En palabras de Vélez, “La sostenibilidad es la forma misma de la casa”.
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El diseño de la vivienda
La vivienda se organiza en tres cuerpos. Dos alas laterales flanquean un volumen central que contiene la zona social y se abre hacia un patio exterior donde la piscina define el remate del eje principal. A su vez, el de la izquierda aloja las alcobas de los habitantes; el de la derecha, las de visitantes.

Esta organización, simétrica en su lógica, enfrenta un problema concreto impuesto por la geometría del lote: las dos alas quedan orientadas hacia el oriente y el occidente, expuestas a la incidencia solar directa durante buena parte del día. La respuesta de los arquitectos no fue tecnológica sino formal.
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Las fachadas laterales adoptan una estrategia pasiva, conocida como fachada autosombreada —self shading facade—, en la que los propios muros se erizan mediante planos sobresalientes que proyectan sombra sobre su misma superficie y reducen la ganancia de calor, sin necesidad de ningún dispositivo adicional. La geometría de la vivienda busca la vista y se esconde del resplandor solar.

Las ventanas de piso a techo que se abren entre esos muros salientes captan la luz y el paisaje sin recibir luz solar de manera directa. Las aberturas cuidadosamente controladas complementan una volumetría en movimiento, donde el juego de muros cumple una función climática y plástica al mismo tiempo.
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Desde afuera, la fachada de las alas laterales se lee como una sucesión rítmica de muros y vacíos; desde adentro, cada ventana enmarca un primer plano de vegetación tropical que suaviza la transición entre el interior y el exterior.

Otra estrategia pasiva para el control climático fue la implementación de jardines interiores. Estos, bañados de luz cenital, cumplen una doble función. Por un lado, la presencia de la vegetación refresca el aire por evapotranspiración, fenómeno por el que parte del agua pasa a la atmósfera por evaporación directa del agua del suelo y por transpiración de las plantas; por el otro, los tragaluces que los iluminan se construyeron con vidrio flotado, dilatado respecto a los muros que los sostienen, lo que genera un efecto de chimenea térmica; el aire caliente asciende y escapa por esa holgura, renovando continuamente el volumen de aire interior sin necesidad de ventilación forzada.
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Estas apuestas bioclimáticas adquieren sentido en una arquitectura que, por la privacidad que demandan sus habitantes, se presenta mayoritariamente cerrada hacia el exterior. En ese contexto, la vegetación interior y la perspectiva del paisaje que se abre al moverse por los corredores desdibujan el aparente aislamiento del espacio doméstico.

El patio es el otro elemento ordenador del proyecto. No se anticipa desde la calle ni se anuncia en el acceso: se descubre al entrar y recorrer el cuerpo central. La forma casi simétrica del conjunto lo ubica en el eje de composición de la casa, donde la piscina y la terraza anclan la secuencia espacial.
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La cocina abierta opera como contrapunto lateral, conectada visualmente con la zona social pero sin interrumpir el recorrido hacia el patio. Es de anotar que esta parcelación, diseñada por un urbanizador bogotano, cuenta con un reglamento de diseño que define la paleta de colores y materiales de las viviendas, una condición que los arquitectos asumieron sin que determinara sus decisiones estructurales.

La bioclimática pasiva no es una concesión al presupuesto ni una renuncia al confort. Es una postura sobre cómo se debe relacionar la arquitectura con el lugar que ocupa. En climas como el de Cerritos, donde el calor es una condición permanente, construir de espaldas a esa realidad equivale a diseñar un edificio que no sabe dónde está. Vélez Valencia Arquitectos eligió el camino opuesto: entender el clima como material de diseño y hacer de esa comprensión la base de la sostenibilidad del proyecto.
Cinco puntos para destacar de obra
1. Las fachadas de las alas laterales adoptan una estrategia de autosombreado en la que los muros sobresalientes proyectan sombra sobre la superficie, reduciendo la ganancia de calor.
2. Los jardines interiores, bañados por tragaluces de vidrio flotado dilatado de los muros, combinan evapotranspiración y efecto de chimenea térmica para refrescar y renovar el aire interior.
3. El patio con piscina no se anuncia desde el acceso sino que se descubre al recorrer el cuerpo central, donde actúa como remate del eje compositivo de la casa.
4. La vivienda se organiza en tres cuerpos: un ala de alcobas principales, un volumen social central abierto al patio y uno de visitantes, todo en una composición que mezcla la simetría con el movimiento.
5. El conjunto de estrategias pasivas permite que la casa funcione sin aire acondicionado en un clima con temperaturas que oscilan entre los 30 y los 32 grados centígrados.