Revista Axxis
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En el cabo de la Vela, el viento nunca deja de construir: moldea las dunas, erosiona las piedras y obliga a que toda estructura encuentre su propia forma de permanecer. En este extremo de La Guajira, donde el desierto se encuentra con el Caribe, la arquitectura no intenta dominar el paisaje; aprende a convivir con él. Ranchería Utta es una prueba de ello.

La llegada sorprende por su sobriedad. Un sendero de piedra conduce hasta una recepción abierta; las cubiertas de palma proyectan sombras cambiantes durante el día y las cabañas aparecen una tras otra sobre el terreno, lo que permite que el viento circule en el medio. La arquitectura, los colores y sus materiales parecen haber surgido del mismo paisaje, sin competir con él.

Esa naturalidad, no obstante, es el resultado de más de tres décadas de construcción paciente.
A finales de la década de los noventa, doña Elba Gómez, mujer wayú del clan Ipuana, regresó al terreno heredado por su madre. En ese entonces, no existía ningún hospedaje; solo había monte frente al mar. El primer espacio construido fue una pequeña tienda donde vendía bebidas frías a los pocos viajeros que llegaban hasta el cabo de la Vela. Después aparecieron los desayunos, una enramada y, finalmente, una pequeña habitación para quienes preguntaban si podían pasar la noche allí.

El proyecto nunca respondió a un plan maestro. Creció al ritmo del territorio y de las posibilidades económicas de la familia. Cada temporada turística permitía comprar algunos materiales, ampliar una cocina o levantar una nueva estructura. La arquitectura avanzó exactamente igual que el paisaje: con lentitud.

El diseño de la ranchería en La Guajira

La primera enramada la hicieron con yotojoro, la madera interior del cactus cardón, un material que el pueblo wayú ha empleado durante generaciones por su resistencia y disponibilidad en este ecosistema. Más que una elección estética, era una decisión profundamente ligada al conocimiento del lugar. Aquí, construir significa comprender el viento, el recorrido del sol y la escasez de agua antes que imponer una forma.

En 2005, el Programa Nacional de Posadas Turísticas marcó un punto de inflexión. La financiación permitió construir una cabaña mejor equipada y consolidar un lenguaje arquitectónico que conservó la lógica original: materiales locales, espacios abiertos y una relación permanente con el clima.

Con el regreso de Michael Polanco, hijo de doña Elba y contador de profesión, el proyecto se comenzó a pensar desde otra escala. El crecimiento ya no consistía únicamente en aumentar la capacidad de alojamiento, sino en preguntarse cómo debía evolucionar un hospedaje situado en uno de los paisajes culturales más sensibles del país.

Mientras el turismo aumentaba, también aparecían nuevos desafíos: el ruido, el manejo de los residuos y la presión sobre un territorio considerado sagrado por el pueblo wayú. La respuesta no fue construir más, sino construir mejor.

En el año 2017 nació la enramada cultural, financiada por el Fondo Emprender del SENA. Lejos de funcionar como un equipamiento complementario, este espacio amplió el significado del proyecto. Allí se realizan cineforos, encuentros comunitarios, actividades pedagógicas y conversaciones sobre la cultura wayú. La arquitectura dejó de servir únicamente para alojar viajeros y se empezó a convertir en un lugar para preservar la memoria.

Hoy, Ranchería Utta tiene una infraestructura que le permite recibir a más de un centenar de personas, entre cabañas y enramadas tradicionales; sin embargo, su mayor logro no está en la capacidad instalada, sino en haber demostrado que la arquitectura también puede crecer sin romper el equilibrio del territorio.
