Revista Axxis
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Antes de transformarlo, la arquitecta Jimena Londoño, cofundadora de Jotaele Arquitectura junto con la también arquitecta Laura Escobar, habitó durante años este apartamento en el norte de Bogotá. Gracias a esto, pudo entender la manera como el sol recorría sus espacios y descubrir las virtudes que permanecían ocultas detrás de una distribución propia de la vivienda de los años ochenta.

Al intervenirlo, no buscó imponer una nueva arquitectura, sino liberar el potencial de la existente: convertirla en una secuencia continua en que la luz, el color, las texturas y el arte construyen una experiencia doméstica profundamente personal.

El punto de partida fue replantear la relación entre las áreas sociales. La compartimentación original confinaba la sala, el comedor y la cocina a recintos completamente independientes. Por esto, en la remodelación se propone una planta capaz de abrirse o cerrarse según el momento, para permitir que la vivienda funcione como un solo espacio, sin renunciar a la privacidad.

La cocina resume esa intención: cuando las puertas permanecen abiertas, participa naturalmente en la vida social del apartamento; cuando se cierran, conserva la independencia propia de una zona de servicio. Sin embargo, incluso cerrada, continúa dialogando con la vivienda gracias a una puerta translúcida diseñada especialmente para el proyecto.

“Se concibió para que en las noches se comportara como una especie de lámpara hacia el comedor”, explica Londoño. El vidrio difumina la iluminación interior y transforma ese límite en un elemento cambiante, capaz de trasladar la luz desde la cocina hasta el comedor, sin revelar lo que ocurre al otro lado.

Esa voluntad de diluir los límites aparece en todo el apartamento. Las carpinterías hacen desaparecer funciones completas dentro de superficies continuas: los electrodomésticos se ocultan tras paneles de madera para que la cocina se pueda leer como una pieza integrada al espacio social; en la entrada, un gran plano alistonado absorbe la puerta principal, mientras algunos de sus listones comienzan a desprenderse para convertirse, casi imperceptiblemente, en un perchero.

La misma lógica se repite en el bar, diseñado por Camilo Hernández para la firma Cala de Nuez como un objeto capaz de transformarse según la ocasión. Cerrado funciona como un volumen casi escultórico, que proyecta una cálida luz ámbar a través de sus ranuras, y abierto despliega una barra en forma de L, donde el ónix retroiluminado, la cristalería y las botellas pasan a formar parte de la composición del espacio. Uno de sus detalles más singulares es su manija maciza, cuya presencia anticipa el cuidado con el que se ideó todo el conjunto.
Detalles del diseño del apartamento
La riqueza del proyecto también se construye por medio de la materia. Madera, piedra, metal, cerámica y superficies pintadas conviven dentro de una composición cuidadosamente orquestada, donde ninguna textura busca imponerse sobre las demás.

El ajedrez de la cocina se moduló milimétricamente para evitar piezas residuales, mientras cada encuentro entre materiales se previó desde antes de iniciar la obra para que todos los acabados ocurrieran completamente a ras, sin perfiles ni transiciones visibles; una precisión casi obsesiva, que termina permitiendo el diálogo entre texturas diversas y otorgando una personalidad única al espacio.

Sobre esa base aparece el color. Lejos de utilizar un fondo neutro e inmutable, el apartamento adopta un taupé —Reliquias, de Pintuco— como un material vivo, capaz de transformarse con la luz natural. “Es un tono que tiene una vida impresionante. Hay días que se ve más grisoso, hay días que se ve más café, y cuando hay sol en la tarde se ve más naranja”.

La arquitectura cambia continuamente con el paso de las horas y ofrece una percepción distinta del mismo sitio. A partir de ese telón de fondo aparecen gestos cromáticos mucho más decididos. El baño social se convierte en un universo completamente rojo, donde paredes y techo envuelven al visitante en una atmósfera inesperada. El baño principal, concebido además como un pequeño turco doméstico, reviste piso, muros y cielorraso con una superficie cerámica azul que responde tanto a una necesidad técnica como al deseo de construir un espacio de bienestar completamente inmersivo.

El mobiliario participa en esa misma exploración. El gran sofá de la sala, desarrollado especialmente para el proyecto por Cala de Nuez, se convierte en el verdadero centro de gravedad. Al no apoyarse contra ningún muro, se concibió para recorrerlo y contemplarlo desde los cuatro costados. Un corte horizontal, resuelto mediante una franja continua materializada en raíz de olivato, divide visualmente su volumen y acentúa su condición escultórica.

Frente al sofá, la mesa de centro, pintada con el amarillo del clásico lápiz Mongol, introduce un contrapunto inesperado dentro de una composición en la que los colores no responden a una paleta preconcebida; simplemente, han ido encontrando su lugar.

Esa misma naturalidad define la presencia del arte. No aparece concentrado en un solo lugar ni responde a una colección construida con criterios curatoriales. Habita toda la vivienda y acompaña la vida cotidiana. Obras de Sebastián Dávila, Máximo Flórez, Christian Abusaid, Juan Manuel Ramírez, Julián Burgos y Sair García conviven con un pequeño Dalí, un Caballero y con otras piezas familiares que han llegado una por una: algunas compradas, otras regaladas, otras heredadas. Cada una conserva la historia de cómo arribó al apartamento y, juntas, construyen una memoria compartida que sigue creciendo con el tiempo.

Quizás esa sea la mayor virtud de esta remodelación. Más que concluir una obra, construye un escenario abierto a la transformación. Igual que la luz baña de maneras diversas el color de sus muros a lo largo del día, el apartamento permanece dispuesto a seguir incorporando objetos, recuerdos y obras que, lejos de completar una colección, continúan enriqueciendo la historia de quienes lo habitan.
Cinco puntos para destacar de esta obra

1. En la remodelación se elimina la compartimentación típica de los años ochenta para integrar sala, comedor y cocina mediante un sistema de puertas que permite abrir o cerrar el espacio según cada momento.
2. Paneles, puertas, bar y perchero hacen desaparecer funciones y límites, convirtiendo el mobiliario fijo en parte integral de la composición espacial.
3. La cuidadosa modulación de pisos y el control de todos los encuentros entre materiales permiten que madera, piedra, metal y cerámica dialoguen sin interrupciones.
4. El taupé de los muros cambia constantemente con la luz natural, mientras baños y piezas de mobiliario introducen acentos cromáticos que construyen atmósferas específicas para cada espacio.
5. El arte, el mobiliario y los objetos acumulados a lo largo del tiempo convierten el apartamento en un lugar donde arquitectura y memoria evolucionan de manera conjunta.
