La expresión sobria e insólita que adopta esta casa surge del entendimiento del lugar de implantación, así como de una decisión arquitectónica radical: dividir el proyecto en tres volúmenes pequeños, separados entre sí por medio de jardines exteriores, y unidos a la vez por un conjunto de senderos.

Su composición fragmentada permitió que los vacíos, es decir, los espacios abiertos que se extienden en medio de las piezas, se convirtieran en protagonistas. La materialidad constituye el común denominador de los tres volúmenes, cuya relación con el sitio está dada por la manera en la que cada uno se adapta a la topografía del terreno.

Lo anterior explica por qué la obra decrece en comparación con las casas vecinas, cuyas dimensiones aumentan cada vez más. “Nuestra apuesta va en dirección contraria: procuramos reducir el área construida para ampliar las zonas donde la naturaleza está presente”, afirma el arquitecto Luis Callejas, coautor del proyecto, junto con su colega Clara Arango. De esta manera, los jardines, diseñados con el mismo esmero que la arquitectura, con el tiempo serán un oasis natural en medio de un paisaje de cemento.

Sobre el diseño de la casa

“Con el cliente decidimos destinar parte del presupuesto, generalmente reservado para el diseño interior, al paisaje, algo que no sucede casi nunca en una casa”, señala el arquitecto. Ahí, justamente, reside lo insólito de su carácter: la casa Ballen supone concebir la arquitectura como un sitio que no acaba en el cerramiento, sino que se transforma con el tiempo. Los árboles que abundan a su alrededor son su metáfora: crecen lenta y silenciosamente, junto con la vida.

Hoy, con dos de las tres casas ya construidas, sus arquitectos reconocen que uno de los mayores aprendizajes del proyecto fue entender el tiempo de los árboles. “Plantamos muchos al final de la obra; luego comprendimos que, cuando el paisaje es esencial, hay que sembrarlo y cuidarlo desde el principio”, cuenta Callejas. Esta enseñanza se hizo tangible en su siguiente proyecto, la casa Ocarina, donde los árboles fueron los primeros habitantes del lugar.
