Uno de los determinantes más importantes de cualquier obra arquitectónica es el lugar: su clima, geografía, cultura y paisaje específicos. En un mundo donde el consumo rápido de la imagen prolifera vía redes sociales, la copia directa de “referentes” sin una consideración profunda de su contexto y particularidades parece que rigiera el quehacer de muchos arquitectos y el deseo de muchos clientes.

No es inusual hoy mostrarle a un arquitecto una foto de un chalet suizo para que diseñe una casa en el Caribe o una hacienda construida en la Florida (Estados Unidos) como referencia para una vivienda en el Eje Cafetero. La buena arquitectura nunca se impone, nunca aterriza; por el contrario, surge siempre a partir de una sensibilidad y una respuesta técnica y espacial hacia su entorno.

Cuando a los arquitectos Ángela Crane y Pedro Bermúdez se les encargó la reforma de una casa ubicada en una finca productiva a pocas horas de Bogotá, se encontraron con una obra construida en un alto que dominaba la vista del panorama montañoso que lo rodeaba.

Su arquitectura se ajustaba a la geografía del lote, pero carecía de elementos de protección solar necesarios para adaptarse al clima caliente, además de espacios intermedios entre el interior y el exterior, propios de la arquitectura del trópico, que le permitieran abrirse.
La transformación de la vivienda
Tanto la espacialidad de la casa original como sus acabados promovían una vida doméstica interior. Si bien la vivienda contaba con dos patios y una terraza con piscina, no existía una continuidad espacial entre todas las áreas; a la obra le faltaban apertura y sombra.

Con esto en mente, los arquitectos propusieron una intervención que parte de reconocer las virtudes y el espíritu de la estructura existente, pero con el propósito de integrarla al entorno y adaptarla al clima. Así, plantean una serie de aleros de concreto apoyados en esbeltas columnas de acero, que se adosan de manera puntual sobre algunas de las fachadas y los paramentos de los patios, con lo cual generan umbrales de transición entre el afuera y el adentro que activan los bordes de la casa como estancias abiertas pero cubiertas.

Estas marquesinas fundidas en sitio las diseñaron para ocultar sus vigas y mostrar hacia sus bordes un canto delgado, truco estructural que se logró gracias al trabajo colaborativo entre los diseñadores y Carlos Forero, constructor de la obra, y que aporta una imagen ligera al proyecto, antes definido a partir de la expresión de la caja. Con estos espacios intermedios, Crane y Bermúdez no solamente promueven una habitabilidad volcada hacia el paisaje, sino que desdibujan la volumetría original del inmueble.

Otro aspecto importante de la reforma fue la conformación de patios exteriores frente a los baños para permitir la apertura de estos a jardines privados. En ellos aparecen muros construidos con piedra mampuesta, que hacen eco de las técnicas constructivas de la región.

La integración de estas zonas de ducha con la vegetación circundante pone en evidencia el papel austero del diseño de los jardines, a cargo de Germán Carvajal y Luis Javier Franco, quienes apostaron por un proyecto de paisajismo que aprovecha las condiciones de la vegetación propia del lugar para amarrar la casa al contexto.

Como estrategia transversal al proyecto, buscaron una nueva materialidad. Para esto se remplazaron los acabados originales, como los pisos y la carpintería de las ventanas, con el fin de lograr una atmósfera que se integrara al carácter campestre del emplazamiento.

El tablón de barro aplicado en los pisos, los nuevos muros de piedra, la piedra verde y el cemento esmaltado y pulido contribuyen a generar una estética arraigada en lo local a partir de una nueva materialidad que, al envejecer, revela una pátina que da cuenta de cómo el tiempo pasa.

Los responsables de este proyecto asumen la reforma no como una manera de imponer una estética propia ni como una búsqueda de la idea de lujo a partir de lo ostentoso. Se alejan deliberadamente de estas intenciones para adaptar lo existente al sitio y entender el buen vivir como un hecho continuo entre arquitectura, geografía y clima.

Demuelen y construyen lo estrictamente necesario para proponer una transformación de fondo y no solo de forma, que elimina las generalidades de lo existente en favor de un vínculo íntimo con el paisaje.
Cinco puntos para destacar de esta obra
1. El propósito de la reforma no fue cambiar del todo la arquitectura original, sino adaptarla al lugar.
2. La intervención apuesta por la sombra y la continuidad espacial como herramientas para habitar el trópico.
3. La materialidad se replantea desde lo local: piedra, barro y cemento que envejecen de manera honesta.
4. Las decisiones estructurales buscan ligereza visual, pero sin renunciar a la contundencia constructiva.
5. La renovación hace evidente cómo pequeñas decisiones cambian la relación de la casa con su entorno inmediato.
