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Revista Axxis
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La tormenta se anuncia en el horizonte. Una sombra densa se extiende sobre el desierto y solo el destello de los relámpagos rompe la oscuridad de las nubes. Sin embargo, doña Victoria Uriana permanece impasible. Sentada en una silla Rimax, a cielo abierto, observa el firmamento y dice con serenidad: “Qué lástima que no puedan ver las estrellas, porque desde acá se ven absolutamente todas”.

Estamos en el Hostal Kijoru, uno de los alojamientos más al norte de Suramérica, ubicado en la Alta Guajira, cerca de Punta Gallinas y a orillas de Bahía Hondita. Para llegar hasta aquí tuvimos que recorrer más de 220 kilómetros desde Riohacha. Después de horas de viaje, el descanso encuentra su mejor escenario en este refugio familiar liderado por Victoria, fundadora, anfitriona y alma del lugar.
“Acá no va a llegar la lluvia, hace más de un año que no llueve por acá”, afirma sin apartar la mirada del cielo.

A pocos metros, sus hijas conversan con sus parejas mientras los nietos corren de un lado a otro; de repente, se acercan a abrazarla. Ella responde con besos en la cabeza de cada uno. La escena tiene algo de ritual doméstico y mucho de pertenencia.

Aunque unas horas antes una medusa me había dejado la primera picadura de mi vida durante un baño en Punta Agujas y el cansancio del viaje era evidente, el ambiente en Kijoru transmite una calma difícil de describir. Las habitaciones —quince en total, construidas poco a poco a lo largo de los años— son sencillas y funcionales. Cada una consta de una cama doble, una sencilla y un baño privado que revela la particular obsesión de Victoria por el cielo: las duchas no tienen techo. Aquí es posible bañarse bajo las estrellas.

Desde hace más de cuatro décadas, Victoria y su familia viven en este sitio. Durante años se dedicaron a la pesca y la bahía fue su principal fuente de sustento, pero con el tiempo comenzaron a llegar viajeros atraídos por la geografía extrema de la Alta Guajira y muchos de ellos pedían un lugar donde pasar la noche.
“Los turistas generan economía para los lugareños. Nosotros les compramos los pescados y las langostas a los locales, y con eso la comunidad tiene su sustento diario”, cuenta.

Detalles del hostal
El proyecto empezó con unos cuantos chinchorros. Más tarde, a medida que aumentaba el flujo de visitantes, la familia decidió construir cabañas. Hoy, el complejo está conformado por quince habitaciones levantadas a lo largo de una década.

“Nosotros mismos diseñamos acá y contratamos a las personas de la zona. Les fuimos diciendo: ‘Esto va a ser aquí, esto va con piedra’. Elegimos la piedra porque la tenemos aquí mismo, pero el cemento, los listones, las baldosas y los techos los tuvimos que traer de Maicao y de Uribia. El transporte es difícil, pero todo se puede hacer con esmero”, explica.

La arquitectura del lugar responde al paisaje y a las condiciones climáticas del territorio. Los tonos de las construcciones dialogan con los ocres del desierto, mientras algunas plantas sembradas frente a las cabañas introducen una inesperada sensación de frescura en medio del calor abrasador del mediodía. En el interior, los techos altos favorecen la circulación del aire y permiten que los espacios se mantengan ventilados de manera natural.

“Mi hija, que estudió administración hotelera y ha viajado, llegaba con ideas y me decía: ‘Bueno, mamá, yo vi una cosa así, ¿por qué no lo hacemos?’. De este modo, fuimos levantando las cabañas, haciendo paredes de piedra con cemento y complementándolas con los listones que compramos fuera del pueblo”, dice con orgullo.

Pero quizás el mayor valor de Kijoru no reside en su arquitectura ni en la singularidad de sus habitaciones abiertas al firmamento. Lo más interesante es la forma en que ha logrado preservar la cultura y la ancestralidad wayú como eje de su propuesta turística. Hospedarse aquí es, en realidad, entrar en una ranchería. La hospitalidad de doña Victoria, la cocina preparada por la familia y la calidez con la que hijos y nietos reciben a los visitantes convierten la estadía en una experiencia de intimidad y pertenencia.

“Los wayús somos personas muy especiales y muy amables, a pesar de todas las dificultades que padecemos. Somos muy pujantes, queremos salir adelante. En toda la Alta Guajira somos ‘estrato cero’: no hay electricidad, no hay alcantarillado, no hay acueducto, no hay gas, no tenemos nada. Pero, a pesar de eso, somos personas alegres, acogedoras y echadas para adelante. Todo lo que venga es bienvenido, y si no hay, buscamos la forma”, asegura.

En un territorio donde el paisaje parece reducirse al desierto y al mar, Kijoru demuestra que la arquitectura más valiosa no siempre se mide por la complejidad de sus materiales o la espectacularidad de sus formas. Algunas veces, su verdadero lujo consiste en ofrecer un lugar desde donde mirar las estrellas.