Hundo la mano en el agua y se me escapa. Me vuelvo a poner de pie en la tabla de paddle y remo con más fuerza. El sol golpea fuerte, y la única sombra está en los manglares hacia donde se dirige mi presa. Se adentra en las raíces; es más difícil llegar hasta allí porque la corriente no ayuda, pero una vez que alcanzo la vegetación me doy cuenta de que es muy fácil coger no solo una, sino muchas.

Podría llenar talegos enteros y aun así no terminaría. Están en forma de bolsas, tarros, vasos, empaques, de todo lo que se puedan imaginar. Es una cantidad absurda de plástico.

Dioselín Rodríguez Miranda, mi guía turística, dice lo siguiente al ver mi cara de asombro: “Y eso que se está recogiendo plástico todo el tiempo, pero cada vez llega y aparece más”. Esta actividad que estamos haciendo —recorrer la Ciénaga Grande de Santa Marta en paddleboard, una especie de tabla de surf en la que se avanza remando— es una de las organizadas por Ciénaga Mágica Tours, empresa de turismo comunitario y sostenible fundada por John Castillo.

“La actividad del paddle consiste en disfrutar de la ciénaga, conocer los manglares, escuchar las plantas, pero lo más importante es recoger todo el plástico posible, que luego entregamos a la empresa Mangle Mi Huella Verde”, explica la joven.

Esta tierra ha sido parte de su vida desde siempre. Empezó en el turismo hace cuatro años, cuando se graduó como técnica en guianza. “Nosotras, las jóvenes, no tenemos casi oportunidades laborales. Acá, todo el mundo trabaja en pesca, pero es una actividad en la que casi no participamos nosotras, por lo que el turismo es una opción supernecesaria”, cuenta Dioselín.

Gracias a este trabajo, ella ayuda a sus papás en la casa y se ocupa de todos los gastos. Uno de sus mayores orgullos es que, con sus primeros salarios, pudo pagar la canoa que se le había dañado a su padre. “Ese es el trabajo de mi papá, y se dañó porque la madera se pudre. Ahora tiene una canoa nueva con la que puede seguir trabajando. Así ayudo a mis cuatro hermanos que me siguen”, dice con satisfacción.
En la Ciénaga el reciclaje es trabajo comunitario
En Ciénaga Mágica solo trabajan mujeres del territorio, como Dioselín. Además, están en alianza con las comunidades y emprendimientos de la zona de Ciénaga (Magdalena), como Mangle Mi Huella Verde, un proyecto de dos jóvenes de Pueblo Viejo, situado entre Barranquilla y Santa Marta, entre el mar Caribe y la ciénaga.

Estos dos jóvenes, Orasi Montenegro y Diego Rincón, vieron en el reciclaje una forma de construir en conjunto con la comunidad. Se dedican a motivar a la gente del territorio a recoger plásticos y llevarlos para convertirlos en piezas de diferentes tipos, desde abanicos hasta mesas, libretas y lámparas. Incluso importantes empresas los han contratado en varias ocasiones para crear objetos que se exhiben en eventos sobre sostenibilidad.

El emprendimiento se llama Mangle Verde, en honor de esta resistente planta cuya mayor habilidad es la resiliencia. “El nombre lo adoptamos en 2020 como una forma de rendir homenaje a una planta que crece en agua dulce y salada, que soporta la marea y los vientos. Nosotros somos dos jóvenes emprendedores que parecemos mangles porque resistimos a todo”, afirma Diego.

Una vez que salimos de la ciénaga, llegamos a Pueblo Viejo para encontrarnos con Orasi y Diego y entregarles el plástico que recogimos. Todo este proceso recuerda el famoso postulado “La materia no se destruye, solo se transforma”, que explica de manera simple la conservación de la materia según Antoine Lavoisier, considerado el padre de la química moderna.

En la segunda mitad del siglo XVIII, aseguró que la cantidad total de materia permanece constante a pesar de los cambios químicos o físicos, y que, cuando algo se quema, en realidad sus átomos se reorganizan, sin que aparezcan o desaparezcan.

Un ejemplo para entender esta ley es la transformación del plástico, uno de los materiales que más producimos los humanos y que a su vez desechamos en cualquier lugar, generando enormes cantidades de basura. Este material, en sus formas más comunes —el polietileno o el polipropileno— puede tardar entre 500 y 1.000 años en degradarse por completo en vertederos o ambientes naturales.

En comparación con la vida humana, son casi eternos; además, están acabando con todo: no solo no se descomponen, sino que arrasan ecosistemas y vidas, como las tortugas marinas, causando graves daños al medio ambiente.

Entonces, ¿cómo destruir esta materia o resolver esta situación de difícil solución? La respuesta está en el postulado de Lavoisier: transformándola. La Unesco ha identificado este problema de carácter mundial, por lo que en 2005 estableció el 17 de mayo como el Día Mundial del Reciclaje. Existen muchas iniciativas para dar una nueva vida a esos materiales eternos, pero no tantas llegan a territorios donde el daño es mayor. Ahí entra Mangle Mi Huella Verde.

Después de años de esfuerzo y trabajo duro, lograron tener las máquinas para procesar el plástico y convertirlo en elementos útiles. Aprietan las bolsas y las convierten en mesas, o deshacen las botellas hasta volverlas casi polvo, que luego vuelven a pegar para crear piezas, como un pez mochila.

Estos jóvenes no solo son genios del emprendimiento y el reciclaje, sino también del diseño, pues han elaborado objetos que fácilmente podrían estar en las entradas de hoteles.

Orasi y Diego dicen: “Es hora del cine, vamos”. Caminamos por las calles polvorientas de este pueblo olvidado, excepto por quienes lo aman, como ellos. Llegamos a un pequeño espacio donde, en la entrada, hay bolsas con botellas y todo tipo de plásticos.

Acomodan el proyector y empiezan a llegar niños de todas las edades, acompañados por sus mamás y papás. Cada uno trae una botella o una bolsa con plástico, que dejan en la entrada del cine improvisado. Esa es su boleta, no solo para ver la película, sino también para cuidar su futuro.
