Revista Axxis
Getting your Trinity Audio player ready... |
Los proyectos de Manuela Eblé, de MEC Arquitectura, surgen del lugar a través de materiales locales y técnicas que integran el entorno, su origen, la memoria y la sostenibilidad, para proyectar una arquitectura hacia el presente. Con más de quince años de experiencia, sus obras muestran que cada contexto plantea desafíos únicos que requieren respuestas con sensibilidad social y ambiental.

¿Existe alguna característica recurrente, ya sea espacial, material o formal, en sus proyectos?
Sí. Hay una búsqueda recurrente por hacer que cada proyecto surja del lugar, de sus condiciones específicas y de sus necesidades reales, más que de una idea formal impuesta de antemano. Me interesa que la arquitectura se construya desde una lectura atenta del contexto: del clima, la escala, las relaciones existentes y las dinámicas propias de cada sitio.
Espacialmente, busco generar arquitecturas sensibles, donde el vacío, la luz, la sombra, la textura y el tiempo sean parte esencial de la experiencia. Hay también una intención de contención formal, donde las decisiones no respondan a un gesto gratuito, sino a una relación precisa con el entorno.

Paralelamente, hay un interés constante por la materialidad y la técnica como herramientas de pensamiento. Busco trabajar, siempre que sea posible, con materiales locales y sostenibles —como madera, guadua, ladrillo o tapia pisada—, y con sistemas constructivos que involucren saberes y artesanos del territorio.
Entiendo el proyecto como un espacio de exploración, donde las técnicas tradicionales no se replican literalmente, sino que se estudian, se adaptan y, en algunos casos, se transforman para dar lugar a nuevas formas de expresión más contemporáneas, sin perder su vínculo con el origen.
Para usted, ¿qué material o técnica local en nuestro contexto tiene el mayor potencial para construir un sentido de identidad colombiana por medio del diseño o la arquitectura?
Creo que no hay solo una respuesta, porque Colombia es profundamente diversa y su identidad arquitectónica no se debería reducir a un solo material. Sin embargo, me parece que materiales y técnicas como la guadua, la tapia pisada, el ladrillo y ciertas formas de construcción en madera tienen un enorme potencial para construir una identidad situada, contemporánea y verdaderamente colombiana.

Me interesa especialmente cuando estos materiales no se comprenden desde la nostalgia, sino desde su capacidad vigente; es decir, cuando se exploran no solo como herencia, sino como posibilidad.
La identidad no está únicamente en repetir una técnica tradicional, sino en entender su lógica, su inteligencia constructiva y su vínculo con el territorio, y desde ahí proyectarla hacia el presente. Pienso que en ese cruce entre memoria, oficio, sostenibilidad e innovación hay una enorme oportunidad para la arquitectura colombiana.
¿Qué intereses o búsquedas particulares exploraron en su más reciente proyecto?
En nuestro proyecto más reciente hubo un interés muy claro por trabajar a partir del lugar y de sus relaciones. Más que pensar el edificio como un objeto aislado, la búsqueda estuvo en comprender cómo se emplaza, cómo dialoga con su contexto inmediato y cómo puede construir una relación más precisa con la ciudad, con el clima y con la materialidad propia del entorno.

En ese orden de ideas, el ladrillo apareció como un punto de partida muy importante, no solo por sus cualidades técnicas y expresivas, sino por su condición casi inherente a Bogotá y a su tradición arquitectónica. Nos interesó explorar ese material desde una lectura contemporánea, entendiendo tanto su peso cultural como sus posibilidades espaciales, tectónicas y ambientales.
La sostenibilidad también fue un criterio central desde el principio, no como una capa añadida al final del proceso, sino como un punto de partida para las decisiones formales más importantes: la fachada, la orientación, el emplazamiento y la manera en que el edificio responde pasivamente a las condiciones del sitio.
Más allá de lo visual, ¿qué experiencia sensorial o emocional quiere usted producir con su trabajo?
Me interesa que la arquitectura se pueda experimentar de una manera profunda, que el espacio genere una conciencia más aguda de la luz, la sombra, la temperatura, la escala, el silencio, la textura de los materiales y la relación del cuerpo con el entorno. En otras palabras, que active una experiencia sensorial completa.

Emocionalmente, me interesa producir una sensación de arraigo, de calma y de pertenencia. Que quien habita el espacio sienta que ese lugar tiene sentido, que está bien construido, que dialoga con su contexto y que transmite cierta honestidad.
Además, quiero que haya una dimensión de memoria en la experiencia: que los materiales, los oficios y la atmósfera despierten conexiones con algo conocido, incluso cuando el lenguaje del proyecto sea contemporáneo. Pienso en la arquitectura como algo que puede conmover desde la precisión, desde la materia y desde la relación íntima con el sitio.
¿Cuáles son sus influencias?
Mis influencias tienen mucho que ver con arquitectas, arquitectos y estudios que han sabido construir una relación intensa entre material, lugar y atmósfera. En el contexto nacional, admiro profundamente el trabajo de Rogelio Salmona, no solo por su manejo magistral del ladrillo, sino por su entendimiento del espacio, del recorrido y de la arquitectura como experiencia.
También reconozco influencias en arquitectos como Fernando Martínez Sanabria, Daniel Bonilla, Lorenzo Castro y Orlando García, por distintas maneras de aproximarse al territorio, a la técnica y a la construcción de un lenguaje propio desde nuestro contexto.

A escala internacional, hay una serie de referencias que han sido claves en mi manera de pensar la arquitectura: Loreta Castro y Gabriela Carrillo, Lina Bo Bardi, Héctor Barroso, Manuel Cervantes, Macías Peredo, Mauricio Rocha, RCR, Studio Mumbai, Peter Zumthor y David Chipperfield.
En todos ellos encuentro, desde lugares muy distintos, una sensibilidad particular por la materia, por el sitio, por la escala humana y por una arquitectura que no depende del gesto espectacular, sino de la precisión, la atmósfera y la coherencia entre idea, construcción y experiencia.
