Revista Axxis
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Los japoneses creen que el alma de una casa no reside en sus paredes ni en su techo, sino en el vacío que contiene. «El vacío es absolutamente poderoso porque puede contenerlo todo», escribió Kakuzo Okakura. Nos permite respirar, movernos, pensar, vivir. Esa fue, desde el principio, la idea más profunda de esta vivienda: que su centro no fuera un objeto, sino un presente vacío.

Esta es la casa del arquitecto, Rogelio Vallejo Bores, de HW STUDIO —aquel acostumbrado a dar forma a los sueños ajenos— se enfrenta aquí a una pregunta mucho más cruda: ¿cómo construir una vida coherente con las palabras pronunciadas durante años?

Con un presupuesto limitado, las decisiones eran más importantes que estéticas. Cada moneda debía tener un significado profundo; cada centímetro debía tener sentido. Pero más allá de las limitaciones económicas, fue un largo y lento camino hacia el Zen, hacia el Dharma y hacia Japón lo que realmente lo marcó.

Desde fuera, la casa parece una simple caja, como las que el arquitecto ha construido a lo largo de su carrera. Silenciosa. Cerrada. Como una piedra en el paisaje urbano. Sin embargo, al cruzar el umbral, se comprende que esta caja no encierra, sino que contiene. Lo que parece hermético en realidad protege algo delicado: un jardín de piedra que permanece intacto, pero que lo impregna todo.

Como en los templos de Kioto, las piedras están dispuestas con esmero, no para representar algo, sino para evocar una sensación, quizás incluso un sentimiento. Sobre este lecho de grava gris flotan dos plataformas de madera, como en aquel templo.

No son suelo: son pausas. Espacios para detenerse, para observar, para simplemente ser. El jardín no decora: organiza. Es el corazón alrededor del cual los espacios se ordenan como satélites que orbitan la quietud. A un lado, la cocina y el comedor, de doble altura. Sobre ellos, un volumen que recoge el humo del fuego, evocando no solo nostalgia, sino también la posibilidad real de que, algún día, la ciudad ya no proporcione lo que se necesita.

Al otro lado, el salón: un espacio para la contemplación, donde grandes piedras reposan como islas en un mar en calma. No hay pasillo cubierto entre ambos espacios. Para ir del salón al comedor —si llueve— las personas se mojan… o esperan a que pare la lluvia. La arquitectura aquí no protege del mundo: invita a reconciliarse con él.
Las puertas shōji, hechas de papel de arroz, no son una concesión estética. Son el verdadero filtro entre el interior y el exterior. La luz, al atravesarlas, se suaviza hasta convertirse en tiempo. El día no entra apresuradamente, sino que se reposa. La sombra no es la ausencia de luz, sino su forma más delicada.

Finalmente, el dormitorio, situado en la planta superior, es un espacio minimalista e íntimo. Una única ventana circular se abre al follaje de un árbol plantado en el centro del jardín. Es una mirada que invita a la contemplación.
Características de la vivienda
El programa es austero. No hay pasillos superfluos ni gestos grandilocuentes. La casa está casi completamente desprovista de cristal. Solo tres pequeñas ventanas se abren a lo que realmente merece la pena ver: una montaña, un pino cercano, el árbol que crece en el centro. Todo lo demás está contenido, orientado hacia adentro, como una caja de resonancia que guarda su propia música en secreto.

La entrada, en lugar de ascender, desciende. Se accede bajando, como quien se inclina ante algo sagrado. La escalera llega al punto donde la piedra ofrecía estabilidad, evitando así costes innecesarios en los cimientos. Pero también es un gesto espiritual: para habitar esta casa, hay que dejar cierto orgullo en la puerta y entrar con humildad, como quien atraviesa los torii de un santuario invisible.

En Japón, lo que se valora es lo imperfecto, lo incompleto, lo efímero. La belleza no reside en lo que brilla eternamente, sino en lo que está a punto de desaparecer. Esta casa no fue construida para impresionar. Fue construida para perdurar en silencio; para soportar el ligero peso de una vida honesta.
