Revista Axxis
Getting your Trinity Audio player ready... |
Diseñar una casa para alguien cuya vida transcurre entre la música, la familia y el campo implicaba mucho más que resolver un programa arquitectónico. En el caso de Luis Alfonso, el artista colombiano de música popular, el proyecto desarrollado por Concrecivil partió de entender una forma de vida: el encuentro con la familia y los amigos, la relación con los animales, el paisaje y una profunda conexión con el mundo rural.

Antes de hablar de materiales, volúmenes o distribución, el equipo de arquitectura quiso conocer cómo imaginaban los habitantes su futuro hogar. La pregunta inicial no se limitó a cómo querían que se viera la casa, sino a cómo querían sentirse dentro de ella.
“Desde las primeras conversaciones los invitamos a describir su hogar como si ya existiera: cómo querían que se viera y, al mismo tiempo, qué emociones querían experimentar al habitarlo”, explica Iván Ortiz, de Concrecivil.

De esas conversaciones surgieron palabras como calma, tranquilidad, energía, amor y bienestar. Conceptos que terminaron convirtiéndose en criterios de diseño y que permitieron que cada espacio tuviera una intención más allá de su función.

Diseñar para interpretar un estilo de vida
Para Concrecivil, conocer a Luis Alfonso y a su familia fue fundamental para comprender las particularidades del proyecto. El equipo pudo acercarse a sus rutinas, gustos y prioridades, pero también a aquello que define su manera de relacionarse con el entorno.

“Entendimos que son una familia auténtica, muy unida, donde los sueños y la forma de imaginar su hogar se construyen entre todos”, cuenta Ortiz.
En esa dinámica familiar, compartir tiene un papel central. Los encuentros con amigos, la vida al aire libre, el contacto con los animales y la cercanía con el campo no son actividades ocasionales, sino parte de una identidad cotidiana.

Por eso, la arquitectura debía responder a una familia que disfruta de los espacios abiertos y de la vida rural, pero que también buscaba una vivienda contemporánea, limpia y atemporal.
El reto consistió precisamente en hacer convivir esas dos condiciones sin que una anulara a la otra. No se trataba de construir una casa tradicional de campo ni de llevar una arquitectura urbana al paisaje rural, sino de encontrar un punto de equilibrio.

“El verdadero reto fue encontrar la manera de plasmar todas esas pasiones dentro del proyecto”, señala. La música, la naturaleza, los animales y los espacios para compartir demandaban lugares específicos, pero debían integrarse de manera natural al conjunto.
Detalles del diseño de la casa
La organización de la vivienda parte de una división clara entre los espacios destinados al encuentro y aquellos que requieren mayor intimidad. La zona social funciona como el corazón del proyecto y reúne sala, comedor y cocina, extendiéndose hacia los espacios exteriores.

La arquitectura no establece una frontera rígida entre interior y exterior. Por el contrario, jardines, patios y recorridos permiten que la naturaleza ingrese visualmente a la vivienda y acompañe las actividades cotidianas.
Entre el área social y la zona privada aparece una transición. Los jardines y los recorridos iluminados naturalmente funcionan como una especie de filtro que modifica progresivamente la atmósfera antes de llegar a las habitaciones.

Además, en el área privada se encuentran los dormitorios y espacios como el gimnasio y el oratorio. Aunque estos ambientes conservan su independencia, continúan vinculados al resto de la vivienda mediante las visuales y los recorridos.
Hacer de la arquitectura una experiencia
Uno de los elementos más particulares del proyecto aparece precisamente en esa transición hacia la zona privada. En lugar de entender el corredor como un espacio meramente funcional, la firma decidió convertirlo en una experiencia arquitectónica. Los volúmenes de las habitaciones se alternan con jardines que ingresan visualmente al recorrido, generando pausas y diferentes perspectivas.

Mientras se recorre la vivienda, la arquitectura cambia de escala y de percepción. La luz natural, los jardines y las aperturas producen momentos distintos, evitando que el desplazamiento por la casa se convierta en una simple conexión entre habitaciones.
Esta idea también responde a uno de los objetivos principales del proyecto: que la vivienda no se descubra completamente desde el primer momento. “Queríamos generar una sensación de descubrimiento pausado”, dice.

Por la profesión del propietario, se encontró una respuesta arquitectónica específica en la vivienda, ya que la obra incorpora un estudio de grabación independiente, concebido como una pieza separada de la casa principal.
Asimismo, la casa fue pensada como un entorno capaz de estimular los sentidos. La luz natural, los jardines, las visuales hacia el paisaje y la relación con las caballerizas hacen parte de esa experiencia.

De esta manera, la arquitectura no intenta definir dónde comienza y dónde termina la creatividad del artista. En cambio, construye un escenario cotidiano en el que la música, el paisaje y la vida familiar pueden coexistir.
Sobre la selección de los materiales
Una familia numerosa, con niños, mascotas y animales de campo, requería superficies resistentes y capaces de acompañar el paso del tiempo. Por eso, el equipo optó por materiales nobles y duraderos, buscando que adquirieran carácter con los años en lugar de responder únicamente a tendencias pasajeras.

El objetivo era conseguir una arquitectura sobria y cálida, en la que materialidad y paisaje compartieran un mismo lenguaje.

Si algo atraviesa el proyecto desde su concepción es la intención de que la arquitectura genere emociones. “A pesar de la escala generosa del proyecto, la intención era que cada espacio se sintiera cercano, habitable y humano”, explica Ortiz.

Este proyecto se interpreta como la materialidad de un sueño familiar, entendiendo sus gustos, rutinas y prioridades, por ejemplo, la música, los vínculos, los caballos, los paisajes y la manera de entender la vida.
