La arquitecta que encontró en la tierra una forma de restaurar la relación con el territorio

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Casi medio siglo de experiencia le ha dado a la maestra Beatriz Helena Ramírez una perspectiva muy consciente de su propio legado. Para ella, la restauración es un acto femenino y sanador, que honra la memoria y, sobre todo, que nace en la tierra. Su formación —está especializada en Restauración en Cuzco (Perú) y en Arquitectura de Tierra en la Escuela Nacional Superior de Arquitectura de Grenoble (Francia)— y su carrera la han llevado a participar en por lo menos cuarenta proyectos relevantes para el patrimonio nacional y a ganar reconocimientos como el Premio Nacional de Restauración en la XX Bienal de Arquitectura, por su trabajo en la iglesia y claustro de Santo Domingo, en Cartagena. 

Arquitecta beatriz helena ramírez
La arquitecta que encontró en la tierra una forma de restaurar la relación con el territorio

¿Existe alguna característica recurrente, ya sea espacial, material o formal, en sus proyectos?

Materialmente, la tierra es la absoluta protagonista; formalmente, mis proyectos suelen tener una presencia rotunda y serena. Me atrae la masividad de la arquitectura colonial. No procuro gestos espectaculares; la belleza surge más bien de la contención. Una constante muy clara en mi trabajo es la creación de espacios intermedios, es decir, galerías, portales profundos, patios semicubiertos y aleros generosos que protegen los muros y median entre el interior fresco y el exterior. También busco siempre que el edificio dialogue fuertemente con el suelo, como si emergiera de él.

La arquitecta que encontró en la tierra una forma de restaurar la relación con el territorio
La arquitecta que encontró en la tierra una forma de restaurar la relación con el territorio

Más allá de lo técnico, hay algo que atraviesa todo mi trabajo y que tiene que ver con mi condición de mujer y restauradora: una mirada profundamente cuidadora. Restaurar es, en gran medida, escuchar, sanar y acompañar. Esa sensibilidad, que muchas veces se asocia con lo femenino, la llevo a cada decisión. Busco que los edificios recuperen su alma y que sigan siendo relevantes para las personas que habitan en ellos actualmente.

Para usted, ¿qué material o técnica local en nuestro contexto tiene el mayor potencial para construir un sentido de identidad colombiana por medio del diseño o la arquitectura?

Las técnicas ancestrales de bahareque, tapia y adobe que han estado presentes en nuestro territorio desde mucho antes de la llegada de los españoles. La tierra es el material más democrático y profundamente colombiano que existe. Cada región ha desarrollado su propia versión, según el clima, la tierra disponible y las culturas que la habitaron. 

La arquitecta que encontró en la tierra una forma de restaurar la relación con el territorio
La arquitecta que encontró en la tierra una forma de restaurar la relación con el territorio

Un muro de bahareque es memoria. Habla de cómo nuestros abuelos y abuelas construían con lo que tenían a mano, de cómo lograban confort térmico sin tecnología, de una relación armónica y respetuosa con el lugar. En un país tan diverso y a veces tan fragmentado como Colombia, la arquitectura en tierra tiene la capacidad de generar arraigo y pertenencia porque no impone una estética ajena: nace del territorio mismo.

Creo que la arquitectura en tierra tiene el potencial de ser la gran bandera material de nuestra identidad en el siglo XXI: sostenible, climáticamente inteligente, económica y profundamente nuestra. El bahareque, la tapia y el adobe son materiales que no buscan aparentar, que envejecen con honestidad y que nos obligan a diseñar con humildad y sentido de lugar. Y eso, para mí, es la esencia de ser colombiano en arquitectura.

¿Qué intereses o búsquedas particulares exploraron en su más reciente proyecto?

En mi proyecto más reciente me interesó, especialmente, explorar la capacidad de la arquitectura patrimonial para que siguiera siendo habitable y contemporánea, sin perder su esencia ni su autenticidad. Quise indagar cómo actualizar un inmueble antiguo —cargado de memoria— para que responda a las necesidades de vida actuales —confort, iluminación natural, flexibilidad espacial y sostenibilidad—, pero manteniendo esa cualidad táctil, térmica y emocional que solo la tierra puede ofrecer.

Más allá de lo visual, ¿qué experiencia sensorial o emocional quiere usted producir con su trabajo?

Busco que al entrar en uno de mis proyectos se active primero el tacto: esa textura viva de la tierra, ligeramente irregular, cálida al contacto, que invita a pasar la mano por el muro. Me importan mucho también la acústica —los muros gruesos absorben el ruido y generan una quietud envolvente— y el aroma sutil a tierra húmeda, a cal y a madera local, que despierta una memoria ancestral. Emocionalmente, aspiro a crear una sensación de arraigo y cuidado, con el fin de que quien habite el espacio experimente una pausa en el ritmo acelerado de la vida. 

La arquitecta que encontró en la tierra una forma de restaurar la relación con el territorio
La arquitecta que encontró en la tierra una forma de restaurar la relación con el territorio

Como mujer restauradora, esta búsqueda tiene un componente muy personal: pienso que la arquitectura puede ser un acto de ternura. No solo resolvemos problemas técnicos; creamos espacios que acogen, que escuchan y que permiten que las personas se reconecten con algo más profundo: con la tierra de donde venimos y con el hogar que queremos habitar. En definitiva, deseo que mis proyectos no solo se vean, sino que se sientan en el cuerpo y en el alma. 

¿Cuáles son sus influencias?

Mis influencias son, ante todo, vivenciales y profundamente sentidas. La más importante surgió durante mi especialización en restauración en Cuzco (Perú). Allí, rodeada de esa arquitectura en tierra y piedra que combina sabiduría inca, colonial y republicana, sentí que algo se alineaba en mi interior. Recuerdo haber pensado: “Aquí es donde debo estar y esto es lo que debo hacer”. Cusco fue mi gran revelación y sigue siendo una referencia constante. 

Me nutro de la filosofía de Hassan Fathy (Egipto), admiro la sensibilidad material de Luis Barragán, los espacios de sombra de Rogelio Salmona y el enfoque sensorial y tectónico de Anna Heringer. También miro con respeto la obra de restauradoras y arquitectas colombianas que han abierto camino con sensibilidad y rigor.

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