Revista Axxis
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En medio del verde intenso de La Calera, donde las montañas se recortan sobre el cielo y el aire huele a tierra húmeda, se levanta una casa que se extiende naturalmente hacia el paisaje. Desde sus espacios interiores, la vista se abre a los árboles y al horizonte, sin límites definidos entre lo construido y lo natural. En ese diálogo entre adentro y afuera, el arquitecto Luis Restrepo y la diseñadora Carolina Puerto encontraron el punto exacto de equilibrio entre sobriedad y sofisticación.

“La casa está concebida como una vivienda de un piso —explica Restrepo—, y si bien tiene algunos ambientes en el segundo nivel, es más una excusa para jugar con los volúmenes y las alturas”. El proyecto parte de una idea simple pero contundente: una planta principal en la que se concentra la vida cotidiana, acompañada por un volumen superior que permite variar proporciones, generar lucernarios y filtrar la luz de distintas maneras. En el recorrido, el espacio cambia de escala: dobles alturas, vacíos, cubiertas inclinadas…, que producen una secuencia diversa de sensaciones.

Desde el exterior, la volumetría revela esa intención de variación: cubiertas a distintas alturas, planos macizos interrumpidos por vanos verticales y un juego de sombras que cambia a lo largo del día. Pero es en la relación con el entorno donde la casa alcanza su carácter más claro.

“Está concebida completamente en relación con el exterior”, dice el arquitecto Restrepo. Grandes ventanales operables permiten abrir el área social hacia una terraza protegida por una pérgola, en tanto que el techo tiene segmentos sólidos, transparentes y abiertos, de modo que el interior y el exterior se confunden en un solo gesto.

La luz es la otra protagonista del lugar. Los lucernarios y las aperturas en los muros permiten que el sol se filtre, bañando paredes y techos con una claridad cambiante. “Quería que la luz permeara por todas partes, que los espacios se pudieran unir y que hubiera una sensación de fluidez entre unos y otros”, cuenta Restrepo. El resultado es una arquitectura que privilegia la atmósfera sobre la forma.

En ese marco neutro y sereno, Carolina Puerto introdujo una capa de refinamiento que amplifica la esencia arquitectónica. “Luis tiene una línea muy limpia, muy recta, y siento que yo le aporto sofisticación en el diseño del interior”, comenta.

Esa complicidad profesional, fruto de años de conocerse y de trabajo conjunto, se refleja en los detalles: puertas de nogal diseñadas especialmente para la casa, manijas en cuero trenzado, así como carpinterías precisas que equilibran la rusticidad de las vigas y el revoque de arena de los muros.

La arquitectura y diseño de la casa
La zona social, de altura y media, resume el espíritu del proyecto. El entramado de madera del techo se prolonga hacia la terraza exterior, unificando ambos espacios. En el centro, un gran olivo centenario se convierte en el eje simbólico de la casa. “El sueño del propietario era tener su olivo, y logramos incorporarlo en el corazón de la terraza”, recuerda Puerto. El árbol, al que llaman el Maestro, marca el punto en el que la naturaleza entra a formar parte activa del interior.

La cocina social pertenece al área noble de la casa y se presenta al invitado con el porte de un bar. Concebida con un criterio estético y funcional, la estufa de inducción integrada y oculta en el mesón, los electrodomésticos casi invisibles y las superficies continuas permiten usar el espacio tanto para preparar como para compartir.

Las lámparas de cristal sobre el mesón —de la marca Flos— aportan brillo a un ambiente dominado por tonos neutros. No hay una luminaria central sobre el comedor, una decisión consciente para mantener la limpieza visual; en su lugar, la luz indirecta cae desde un lucernario sutilmente ubicado tras el cielorraso, casi imperceptible.

El mobiliario refuerza esa elegancia contenida. Una mesa de Patricia Urquiola para la firma Molteni, con base de madera tallada y tapa giratoria, se convierte en la pieza central del comedor. Sofás de líneas suaves, cortinas de fibra de Catalina Komninos y obras de arte cuidadosamente seleccionadas, como un cuadro de Steven Grossman, completan un interior donde nada se impone y todo dialoga con la arquitectura.

“La idea era que los muebles envejecieran con la casa, que adoptaran su propio carácter”, señala Puerto. El resultado es un conjunto donde el lujo no está en el brillo, sino en la armonía entre lo arquitectónico y lo doméstico. Como afirma Restrepo, “la arquitectura se convierte en un telón que permite que el usuario se apropie del espacio de la forma en que quiera”.

Al final, esta casa en La Pradera de Potosí no pertenece solo a sus propietarios: pertenece al paisaje que la rodea y a la afinidad creativa de dos diseñadores que saben dialogar y escucharse. En sus muros, la sobriedad y la delicadeza se encuentran; en su interior, la luz y la materia conversan, y en su centro, un olivo centenario da testimonio de la convivencia entre lo natural y lo construido.
Cinco puntos para destacar de esta obra

1. La casa, levantada sobre un paisaje de verdes intensos y montañas cercanas, se concibió como una extensión de lo natural.
2. El proyecto se diseñó esencialmente como una vivienda de un piso, con alturas variables que generan dinamismo y diversidad espacial.
3. El área social se abre completamente hacia el exterior mediante ventanales de gran formato que integran sala, terraza y jardín bajo una misma cubierta de madera.
4. La luz natural define la atmósfera interior: lucernarios, vacíos y reflejos bañan los espacios, al tiempo que acentúan las texturas de los materiales.
5. El interiorismo combina sobriedad y sofisticación: madera de nogal, cuero y arte contemporáneo, en una composición serena en la que arquitectura y diseño interior se funden en un solo lenguaje.
