Revista Axxis
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Diana Wiesner lleva más de 25 años diseñando desde el territorio y los sistemas vivos. Su trabajo en Diana Wiesner Arquitectura y Paisaje es una invitación a dialogar y vincularse con el entorno por medio de proyectos de ecología urbana, arquitectura del paisaje, gestión socioecológica y procesos pedagógicos que integran la sostenibilidad y la biodiversidad.

¿Existe alguna característica recurrente, ya sea espacial, material o formal, en sus proyectos?
Nuestros proyectos parten de entender el paisaje como una acumulación de historias sedimentadas y cambiantes, como la piel viva del territorio. Diseñamos sistemas en relación —hidrológicos, ecológicos y sociales— que se entrelazan en un lugar, buscando revelar su poética y su valor oculto. Trabajamos desde los sistemas vivos, estableciendo diálogos contrastantes entre formas orgánicas y geometrías ortogonales, comprendiendo la ciudad como un ecosistema en constante transformación.

Nos enfocamos en los bordes: transiciones activas entre lo urbano y lo natural, donde emergen tensiones y se configuran identidades heterogéneas. Allí buscamos reconocer la complejidad y potenciarla.
Trabajamos con materiales vivos, porosos y adaptables: suelos restaurados, especies nativas, drenajes naturales y dispositivos que hacen visible el agua, no como infraestructura oculta, sino como estructura sensible que ordena los espacios y les da sentido. Diseñar es activar procesos, más que definir formas.
Para usted, ¿qué material o técnica local en nuestro contexto tiene el mayor potencial para construir un sentido de identidad colombiana por medio del diseño o la arquitectura?
El material más potente es el agua y los sistemas vivos que la sostienen. En Colombia, donde el territorio está atravesado por cuencas, montañas y ciclos invisibles, no es solo recurso: es estructura, memoria y cultura. Trabajar con ella —hacerla visible, desacelerarla, infiltrarla, celebrarla— es también construir identidad.

Nos interesan las prácticas regenerativas: restaurar suelos, sembrar especies nativas, recuperar saberes locales. Ahí, la arquitectura deja de ser objeto y se convierte en proceso colectivo de cuidado, en una práctica situada que reconoce el tiempo y la vida.
¿Qué intereses o búsquedas particulares exploraron en su más reciente proyecto?
En nuestro trabajo reciente no hablamos únicamente de proyectos arquitectónicos, sino de procesos de vida. Desde hace unos dieciocho años, por intermedio de la Fundación Cerros, hemos explorado cómo cultivar una relación más profunda entre las personas y el territorio que habitan.
Una de nuestras principales búsquedas ha sido la construcción de una cultura cívica ecológica: ciudadanos que no solo ocupan un lugar, sino que comprenden, sienten y cuidan los sistemas que los sostienen. En este marco surge la cátedra Cerros de Bogotá, un espacio ciudadano de aprendizaje, donde la montaña deja de ser paisaje de fondo para convertirse en maestra.

Allí, el aprendizaje no ocurre en el aula, sino en la experiencia directa: caminar, sembrar, observar, escuchar. Mediante estos encuentros, las personas aprenden a leer el territorio, a reconocer sus dinámicas ecológicas y a comprender su propio lugar dentro de él. La montaña no se explica, se experimenta; no se impone como objeto de estudio, sino que se revela como un agente pedagógico activo.
Esta búsqueda trasciende el ámbito pedagógico y permea todos nuestros proyectos de diseño. Más que imponer formas, nos interesa reconstruir vínculos: restaurar no solo ecosistemas, sino también las relaciones entre las personas, la ciudad y la naturaleza. Cada proyecto se convierte así en una gran oportunidad para hacer visible lo invisible: los flujos del agua, las dinámicas del suelo, las memorias del lugar y las prácticas de cuidado que emergen en el tiempo.

En este sentido, el mayor interés explorado no es un resultado formal, sino una transformación cultural: pasar de habitar el territorio a aprender con él, y desde allí, cuidarlo colectivamente. Diseñar se vuelve, entonces, un acto de escucha: revelar la voz del sitio por intermedio de quienes lo habitan, permitir que el territorio se exprese en la experiencia cotidiana y que esa escucha compartida oriente las formas, los procesos y las decisiones.
Más allá de lo visual, ¿qué experiencia sensorial o emocional busca producir con su trabajo?
Buscamos propiciar una conexión profunda con lo vivo. Nos interesa transformar la experiencia de quien lo recorre, transitando de una mirada distante a una relación implicada, de espectador a cuidador, de usuario a ciudadano regenerativo.

Apostamos por una experiencia sensible que active el afecto como forma de conocimiento, y que dé lugar a la pertenencia y la responsabilidad. Una experiencia que, al mismo tiempo, abra espacio al asombro, la curiosidad y el juego como maneras legítimas de interacción con el territorio.
En esa intersección entre lo sensorial, lo emocional y lo ecológico, el paisaje deja de ser únicamente un escenario y se configura como un vínculo vivo, capaz de transformar la manera de habitar y cuidar.
¿Cuáles son sus influencias?
Nuestras influencias son múltiples, situadas y en constante transformación. En Colombia, partimos de los saberes ancestrales y campesinos, de las prácticas de cuidado del territorio y de las formas de habitar en relación con el agua y la montaña. Admiramos iniciativas como Organizmo y Arquitectura Expandida, que han construido caminos desde lo colectivo, lo experimental y lo territorial.
En Latinoamérica, nos inspiran paisajistas y arquitectas como Teresa Moller, por su aproximación sensible y esencial al paisaje, y Gabriela Carrillo, cuyo trabajo se arraiga en el territorio, la memoria y las condiciones sociales.

En el ámbito internacional, tomamos referencias como el trabajo de Kongjian Yu, al igual que de la ecología del paisaje y el pensamiento regenerativo, que entienden el diseño como parte de sistemas vivos en transformación.
Más que referentes específicos, buscamos una forma de hacer: entender el diseño como un acto ecológico, colectivo y profundamente territorial, capaz de revelar y cuidar las relaciones entre las personas y el paisaje.
