Revista Axxis
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Cosette 109 abrió sus puertas en un sector de Bogotá que tiene una vocación comercial específica: la arquitectura y el diseño interior, que, mediante una amplia oferta de mobiliario y productos de decoración, ha consolidado esta calle como un referente en el tema. La mayoría de las marcas expuestas allí son prestigiosas, por lo que cualquier incursión en este contexto debe presentar cualidades estéticas suficientes; en pocas palabras, ser atractivo.

La estética exigente de este sector de la ciudad se ha venido extendiendo a otro tipo de comercios, como restaurantes, cafés y librerías. Cosette forma parte de este grupo de nuevos negocios que propone ambientes capaces de atraer las miradas y acoger con calidez a sus visitantes.

Y aunque parece que las condiciones para lograrlo fueran ideales, en este caso el reto fue desafiante debido a las características espaciales del local original: “Presenta una serie de particularidades que lo hacen especialmente difícil. Se compone de dos niveles, cada uno de cerca de cuatro metros de alto, pero con un ancho limitado y un fondo demasiado profundo.

En ese sentido, nociones como escala y proporción cobraron una gran importancia, pues tuvimos que idear una estrategia que permitiera hacer aprovechables las zonas menos visibles —y, por tanto, menos apetecibles— del lugar”, explica el arquitecto Julián Molina, fundador de Refugio Arquitectura, taller encargado del proyecto.

Por eso, la configuración espacial está pensada para que el local invite a ingresar hasta el fondo, y no solamente a la parte delantera —como suele proyectarse—. Prueba de esto son las escaleras, cuya estructura metálica reproduce la geometría ortogonal de las huellas y contrahuellas, creando un elemento análogo a una escultura, diluyendo así los límites entre arte y arquitectura y, al mismo tiempo, enfocando la atención —desde afuera— en una pieza antes anodina, gracias al recubrimiento azul turquesa que la resalta.
Detalles del diseño de Cosette 109
“La experimentación con materiales me condujo a esta solución. Descubrí que el metal presenta la propiedad de ser dúctil, maleable, lo que me permitió diseñar no solo la armadura de la escalera, sino las barandas, que replican los juegos de líneas verticales y horizontales de esta pieza”, agrega Julián. Adicionalmente, el entramado de vigas que la soporta se mantuvo expuesto para acentuar su geometría y destacar su presencia encima de la barra.

Así mismo, la fachada se diseñó para que invite a entrar: un porche metálico enmarca el acceso, al tiempo que la transparencia del vidrio devela la belleza del interior. “El concepto, si bien es de bistró francés —y en función de ello se revistieron paredes con paneles alistonados y se introdujo el rojo dentro de la paleta de colores—, se enriqueció mediante la integración de distintas áreas, con el propósito de ofrecer espacios adecuados para diferentes momentos”.

De ahí que en el fondo del local se haya abierto un patio inundado de luz y vegetación, y en el segundo nivel se dispusiera el comedor. Se trata, en definitiva, de llevar la actividad hacia donde antes no la había, posibilitando la mezcla de ambientes por medio de la arquitectura y el diseño.

Por último, los materiales son tan variados como ambientes se proponen, sin que por esto se abandone la identidad visual del conjunto. Las baldosas del piso, instaladas a 45 grados usando un mosaico en ajedrez, conceden unidad; igualmente, “el mobiliario incluye piezas de ParrotHorse, el paisajismo es obra de Carolina Wiesner y el diseño de iluminación de la empresa Lúdica Tecnolyte”. Aquí, las limitaciones espaciales se transformaron en argumentos de diseño, celebrando la arquitectura como propiciadora de experiencias amenas.
