Revista Axxis
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En un edificio de 1920 en el distrito del Eixample de Valencia, España, un típico apartamento diáfano había perdido gradualmente parte de su carácter tras sucesivas reformas que eliminaron elementos originales como los suelos de baldosas hidráulicas. A pesar de ello, la vivienda conservaba su estructura original: una distribución laberíntica y excesivamente compartimentada, con habitaciones interiores que carecían de luz natural y ventilación.

El proyecto surge del deseo de volver a habitar plenamente esta casa, no solo modernizándola funcionalmente, sino dotándola de una identidad renovada capaz de transformar la forma de vivirla. Desde el principio, el encargo estuvo claramente definido por el estilo de vida del propietario. Cocinero apasionado y anfitrión frecuente, concebía su hogar como un lugar de encuentro. Se imaginaba cocinando mientras algunos amigos le acompañaban con una copa de vino, otros conversaban en el salón, y los aromas, los sonidos y las miradas conectaban los diferentes espacios. La cocina, por lo tanto, debía convertirse en el verdadero corazón de la casa.

Al mismo tiempo, existía una necesidad práctica: la zona de noche debía ser independiente del resto de la vivienda. La vivienda debía ser abierta y social, pero también capaz de ofrecer privacidad.
El diseño del apartamento
La respuesta arquitectónica por parte de la firma Montoliu Hernandez, parte de la comprensión de la casa como una secuencia, más que como una colección de habitaciones. La planta se reorganiza en tres bandas programáticas, situando la cocina en el centro como núcleo articulado.

En lugar de una habitación cerrada, se convierte en un espacio de transición que ordena y conecta, separando sutilmente los ámbitos público y privado. El acceso a los dormitorios se concentra en un único punto, lo que permite aislar la zona de noche cuando sea necesario sin sacrificar la continuidad espacial general.

De esta idea de transición surge el principal gesto arquitectónico del proyecto: una serie de arcos extruidos que forman bóvedas de cañón. Estos elementos no solo estructuran el espacio, sino que también acompañan el movimiento y guían el recorrido por la casa. Los pasillos desaparecen, la compartimentación tradicional se disuelve y el espacio comienza a fluir.

Cada bóveda asume un papel específico dentro de esta secuencia. La primera, más contenida, crea un nicho independiente que alberga un espacio de trabajo y una biblioteca. La segunda se extiende a lo largo de toda la cocina, definiendo su zona más funcional y convirtiéndola en el verdadero escenario de la vida doméstica. La tercera se extiende hacia la zona de noche y, si bien sigue formando parte del espacio central, actúa como eje de distribución, concentrando el acceso a los dormitorios.

Las formas curvas envuelven al usuario, intensifican la profundidad espacial y potencian la entrada de luz natural. Mediante la compresión y expansión de la escala, enriquecen la experiencia espacial e incluso modifican la acústica, reforzando el carácter singular de la cocina.

El diálogo entre estas bóvedas y la estructura original de vigas y bóvedas de madera —que se deja a la vista en el salón-comedor— establece un equilibrio entre lo nuevo y lo existente, entre la geometría precisa y la memoria constructiva del edificio.

La zona de noche se resuelve con claridad y serenidad: un dormitorio principal con baño en suite y un dormitorio de invitados con baño completo independiente, ambos orientados hacia el patio interior. Aquí, la continuidad material refuerza la sensación de unidad.
Detalles del proyecto
La materialidad sigue la misma lógica de precisión y coherencia. La paleta es concisa, basada en un número limitado de materiales cuidadosamente seleccionados. El suelo de roble natural y los tonos arena —expresados mediante pintura, revoco de arcilla y acabados lacados— crean un fondo neutro que realza la presencia del mármol Rojo Alicante, protagonista en la cocina y el dormitorio principal.

Los azulejos de porcelana de pequeño formato, de 6 x 6 cm, desempeñan un papel fundamental: se convierten en la unidad de medida que modula toda la geometría de la vivienda. Desde el principio, se diseñaron paredes y techos para garantizar que las superficies comenzaran y terminaran siempre con piezas completas. En obra, la cinta métrica y el láser dieron paso a una regla artesanal hecha con 20 azulejos, lo que garantizó una ejecución precisa.

En la zona de noche, este mismo azulejo de porcelana reviste tanto las superficies interiores como exteriores de los volúmenes que albergan los baños. En el interior, da forma a suelos, revestimientos de paredes y lavabos; en el exterior, se extiende por paredes, puertas de armarios y vestidores abiertos, generando continuidad visual y reforzando la identidad del proyecto.

El resultado es una vivienda en la que la cocina ocupa no solo el centro físico de la planta, sino también el centro simbólico de la vida doméstica: un espacio continuo y fluido que transforma una distribución fragmentada en una experiencia espacial cohesionada.
