Revista Axxis
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La arquitectura moderna del siglo XX encontró en el vidrio industrializado y la estructura ligera de acero sus herramientas para disolver el límite entre el adentro y el afuera. El arquitecto y diseñador industrial germanoestadounidense Mies van der Rohe lo exploró con rigor en sus casas de cristal, y los maestros del movimiento moderno latinoamericano lo trasladaron al trópico con terrazas, aleros y plantas abiertas al entorno. La pregunta no era solo técnica, sino también espacial y cultural: ¿dónde termina el edificio y empieza el lugar?

En el trópico, esa pregunta adquiere una urgencia particular. Quienes habitamos en latitudes tropicales vivimos entre el adentro y el afuera; la brisa, la sombra y la lluvia son condiciones del habitar, no interrupciones de este. Una arquitectura que se cierra sobre sí misma en este clima no solo es incómoda; es culturalmente ajena.

Por eso, cuando la Gobernación del Atlántico encargó a El Equipo Mazzanti (firma bogotana dirigida por Giancarlo Mazzanti) y al estudio barranquillero DEB (de Catherine Jessurum y Francisco Ricardo) un pabellón multiuso en Salinas del Rey —cerca de Barranquilla—, uno de los mejores puntos en el mundo para practicar kite surfing, la apuesta fue construir a partir de piezas arquitectónicas definidas que, al mismo tiempo, propongan límites difusos con el lugar para integrarse a él.

El diseño del pabellón

El proyecto se dispone e forma atomizada sobre el paisaje costero. Piezas sueltas —dos pabellones de descanso, un restaurante, un local de artesanías y una estructura de protección contra el viento— se distribuyen sobre la arena como dunas construidas, evocando las obras de land art de mediados del siglo XX. No ocupan el sitio; establecen con este un sentido de continuidad.

La madera, usada tanto en la estructura como en los revestimientos, se mimetiza con el tono arenoso de la costa hasta hacer difícil distinguir dónde termina la arquitectura y dónde empieza el paisaje.

La pieza principal es una gran cubierta curva que se ramifica en franjas y alberga usos múltiples: un segundo restaurante, una zona administrativa, una escuela de kite surf, un taller para el mantenimiento de cometas y un área húmeda con baños. Abierta hacia el mar en toda su extensión, esta cubierta organiza el borde costero sin cerrarlo; define sombra y protección sin construir un interior convencional. Desde ella se ven las cometas en el aire y el horizonte del Atlántico sin interrupción.

El conjunto forma parte de un plan maestro de la Gobernación del Atlántico para recuperar los bordes costeros y reactivar las economías locales. En ese marco, el pabellón extiende las horas de actividad del lugar hasta la noche y complementa la oferta de los hoteles cercanos con usos que el sector no tenía.

Una arquitectura abierta que parece más una extensión del paisaje que un edificio. Una construcción de límites intangibles, volcada hacia el entorno.
