Revista Axxis
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La historia de este proyecto bien podría ser la de un sinnúmero de edificios ubicados en las grandes ciudades latinoamericanas, cuyos valores formales y funcionales quedaron en el pasado y hoy se enfrentan a dos posibles destinos: ser demolidos y remplazados por uno nuevo, o pasar por un proceso de reestructuración técnica y espacial, conducente a brindarles una segunda vida.

“En este caso, decidimos recuperar el antiguo edificio, en vez de derribarlo para sustituirlo por otro. Lo paradójico es que, en términos económicos, resultaba más beneficioso demolerlo; sin embargo, para nosotros la conciencia ambiental es un mandato ético, con lo cual el nivel de afectación medioambiental que conlleva una edificación hecha desde ceros frente a una rehabilitada fue la razón por la que escogimos este camino”, explica María Lucía Duque, propietaria del proyecto.

El diseño del edificio
El edificio, construido en la década de los ochenta con un programa corporativo, se encontraba deshabitado luego de que, tras la pandemia, los últimos arrendatarios lo desocuparan. Inicialmente, los propietarios buscaron venderlo sin obtener ofertas interesantes, por lo que se plantearon una alternativa gracias al consejo de un buen amigo arquitecto: “Ante la dificultad de hallar un comprador, un amigo de la familia nos sugirió replantear todo el edificio para que acogiera un nuevo uso, afín a las dinámicas sociales contemporáneas y a la vocación del barrio donde está situado”, agrega.

De ese modo, llevaron adelante la idea de convertir la antigua edificación en un bloque de apartamentos para estancias cortas, con base en el concepto de biofilia —descrito como la conexión innata de los seres humanos con la naturaleza— y la incorporación de objetos artesanales elaborados por familias colombianas, cada uno de los cuales narra una historia sobre las tradiciones que han pervivido durante generaciones.

Muestra de esto son las lámparas, los tapetes y los escritorios hechos a base de fique, cobre, cuero y madera, entre otros, al igual que la gastronomía del lugar, que incluye tanto ingredientes naturales como recetas de la región Andina.

Sin embargo, todo esto implicó, primero, un arduo trabajo de remodelación y, en especial, de reforzamiento estructural. En este punto, cabe destacar la construcción de un nuevo núcleo estructural que sostiene los puntos fijos —circulaciones verticales—, permitiendo que el espacio que antes ocupaban las escaleras y el ascensor se aprovechara para un apartamento.

La organización espacial anterior era poco eficiente, de modo que decidieron redistribuir el área, empezando por desplazar los puntos fijos al centro de la planta, con el fin de que sobre su perímetro se dispusieran apartamentos de distintas áreas —en total, ocho de dos habitaciones y dos premium—.

“Esa fue la mayor intervención, porque supuso la construcción de grandes pantallas de concreto armado, con el agravante de que el suelo es inestable debido a que el terreno donde se implanta el edificio era antes un lago”, asegura Alejandro Rodríguez, arquitecto a cargo del proyecto junto con Franciso Angulo y Laura Echavarría, dos colegas de su firma Escalar Veinte18, que fundó y lidera desde hace varios años.

Los inmuebles de este proyecto —de aproximadamente 64,5 metros cuadrados— están concebidos para abrirse a las fachadas y enmarcar las vistas al oriente y occidente de la ciudad. “Cada espacio se prolonga en un balcón rodeado de vegetación, favoreciendo la ventilación cruzada y generando una iluminación natural. El diseño plantea, además, una tipología flexible que permite adaptar la vivienda para arrendarla como apartamento de dos alcobas o como una unidad de una sola habitación, respondiendo a distintas dinámicas de alquiler”, comenta Laura Echavarría.

Sumado a lo anterior, se transformó el semisótano en un jardín que no solo enriquece la vida interior, sino que ilumina las zonas comunes y los apartamentos del primer piso. “Decidimos abrir la primera planta para crear un patio que bañara de luz natural lo que antes era solo un semisótano de parqueaderos, generando una sensación de apertura y luminosidad. Permitir que la luz natural ingresara a esas zonas que antes servían para otro uso fue una de las estrategias claves para revitalizar la edificación”, dice Alejandro.

Adicionalmente, “el ejercicio de reciclar una edificación debe ir acompañado de una intención clara de entregarle un valor adicional a los espacios que originalmente estaban proyectados”, agrega Alejandro. Por ejemplo, en esta obra la incorporación de servicios y espacios comunes en el primer nivel no solo complementa el programa, sino que activa la vida cotidiana. En esto consisten, finalmente, la responsabilidad profesional y la genuina intención de construir una ciudad más sostenible.
Cinco puntos para destacar de esta obra
1. Este proyecto recibió un premio internacional otorgado por la Federación Internacional de Profesiones Inmobiliarias (Fiabci), que reconoce proyectos inmobiliarios y desarrollos urbanos que sobresalen por su excelencia integral.
2. Algunas de las familias que fabricaron los objetos artesanales utilizados en el proyecto están conformadas por campesinos víctimas del conflicto armado.
3. Como el edificio, las materias primas usadas para la carpintería arquitectónica son de origen reciclable.
4. No es casualidad que algunas edificaciones vecinas se hayan venido transformando positivamente, gracias a la presencia de este proyecto, fenómeno que hoy se conoce como acupuntura urbana.
5. En la fachada utilizaron un ladrillo de cuatro centímetros de altura —y no de seis—, con el fin de potenciar la geometría y la proporción horizontales.
