La arquitectura construye el entorno humano, materializa la cultura y alberga sociedades enteras. Es inseparable de nuestra vida cotidiana. Pero también es, cuando pasa el tiempo, un vestigio, una huella que cuenta cómo vivíamos, cómo nos organizábamos políticamente y qué creíamos en épocas remotas. Visitamos ruinas —cadáveres de edificios— porque estas relatan lo que alguna vez fuimos.

En ese sentido, los museos arqueológicos y de sitio adquieren una condición particular dentro de la arquitectura contemporánea: no se limitan a albergar objetos, sino que organizan una relación física y espacial entre el territorio, la memoria y el presente.
En el Gran Museo Egipcio, inaugurado en noviembre de 2025, se propone una arquitectura que recoge los atributos del pasado para establecer un diálogo directo con las pirámides de Guiza.

Diseñado por la firma irlandesa Heneghan Peng Architects (hparc), el edificio se implanta sobre la meseta de Guiza, aproximadamente a 1,6 kilómetros de las pirámides. Desde el acceso principal, se establece un eje visual que alinea el museo con las tres pirámides, convirtiendo esa relación en una estructura geométrica que organiza todo.

Los muros interiores se abren, siguiendo líneas que responden a esa lógica, mientras la cubierta asciende gradualmente hasta una altura que, en perspectiva, se mantiene por debajo del conjunto funerario. La operación es clara: la obra se orienta, se acomoda y se mide frente a lo existente.
La arquitectura del museo
El museo, con una longitud cercana a los 800 metros, se presenta como un solo cuerpo continuo que se apoya sobre el borde del desierto. Esa masa construida se organiza internamente como una secuencia de recorridos, cambios de sección y pausas, donde el desplazamiento importa más que la lectura del volumen como objeto.

El proyecto alberga cerca de 100.000 piezas y concentra más de 480.000 metros cuadrados construidos, lo que obliga a pensar la escala no como gesto formal, sino como una estructura espacial capaz de sostener orientación, tiempo y recorrido.
Su organización espacial se estructura a partir de una gran escalera de seis niveles que atraviesa el edificio y ordena el recorrido museográfico. Este elemento no funciona únicamente como circulación vertical: es el dispositivo principal de exhibición, que articula tiempo y espacio.

A lo largo de su trazado se disponen piezas de gran formato —entre estas, las diez estatuas de Senusret I—, que acompañan el ascenso y construyen una lectura simultánea entre arquitectura y colección. Las salas permanentes, incluida la galería de Tutankamón, con más de 5.000 objetos, se ubican en los pisos superiores, de manera que el recorrido culmina con una vista directa hacia las pirámides.
Para Róisín Heneghan, arquitecta fundadora de Heneghan Peng Architects junto con el arquitecto Shih-Fu Peng, “diseñar un museo de esta escala, en una proximidad tan directa a un hito tan monumental como las pirámides, es una oportunidad que se presenta una sola vez”.
Esa condición excepcional no se traduce en gestos exagerados, sino en decisiones operativas, una de las cuales es el uso controlado de luz natural en los espacios principales.

A diferencia de muchos museos contemporáneos, aquí la presencia mayoritaria de piezas en piedra permite introducir iluminación natural filtrada, especialmente en el gran vestíbulo y en la escalera central, lo que refuerza la lectura material de los objetos pero sin comprometer su conservación.
Una obra compleja
Desde el punto de vista constructivo, el edificio se resuelve mayoritariamente en concreto. La elección responde a razones térmicas —inercia, estabilidad y reducción de variaciones de temperatura— y a una continuidad material con el entorno inmediato.

La masa construida actúa como regulador climático en un contexto de altas temperaturas al reducir la dependencia de sistemas mecánicos en un complejo de esta magnitud.
El proyecto incorpora, además, jardines temáticos, una gran plaza de acceso y espacios exteriores que suman cerca de cinco hectáreas destinadas a uso público y a exhibiciones al aire libre.

Estas zonas, desarrolladas en conjunto con la firma West 8, reinterpretan la antigua llanura de inundación del Nilo mediante vegetación, recorridos y lugares de sombra.
Adriaan Geuze, fundador de West 8, señala que “estas áreas verdes evocan la condición del paisaje que históricamente conectaba el río con el desierto”, ampliando el alcance urbano del museo más allá de sus salas interiores.
En el aspecto técnico, el complejo incluye uno de los centros de conservación más grandes del mundo, con diecisiete laboratorios especializados conectados al edificio principal mediante un túnel subterráneo.

Este sistema permite restaurar, almacenar y preparar piezas de materiales muy diversos —desde papiros y textiles hasta esculturas monumentales y restos humanos—, sin interferir en los flujos públicos.
Francis Archer, director asociado de Arup —compañía que brindó apoyo en los temas estructurales—, subraya que el proyecto combina desempeño técnico, durabilidad y utilidad a largo plazo en una infraestructura cultural de escala metropolitana.
“Fue un privilegio extraordinario contribuir a una obra que da un nuevo hogar a una de las colecciones de antigüedades más importantes del mundo jamás encontrada y preservada. Gracias a su relevancia global, se perfila como un centro de aprendizaje vital tanto para la historia faraónica como para el diseño de museos en los próximos años”, manifiesta.

Si los museos son arquitecturas que custodian el pasado, el Gran Museo Egipcio trasciende esta vocación para integrarse con las huellas que pone en evidencia.
Su materialidad pétrea, su geometría, su carácter procesional y la búsqueda de fenómenos lumínicos hacen eco de la arquitectura del antiguo Egipto. Un recorrido que culmina en una ventana hacia el pasado.
Cinco puntos para destacar
1. La secuencia espacial del museo está determinada por una escalera que conecta sus seis niveles y genera un recorrido museográfico.
2. El edificio se emplaza de tal manera que se crean relaciones visuales con las pirámides.
3. El cuerpo unitario del edificio contiene una diversidad de espacios acompañados de jardines que evocan el paisaje del desierto.
4. Además de las dependencias abiertas al público, el museo cuenta con áreas de conservación y laboratorios.
5. El edificio incorpora los atributos espaciales y materiales de la antigua arquitectura egipcia y los reinterpreta desde la contemporaneidad.
