Revista Axxis
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Llegué a Barcelona, España, para pasar el verano. Una tarde, sentada en un chiringuito de la Costa Brava, cerca de la playa de la Roja, compartía con varios amigos libaneses y franceses. Como suele ocurrir en esta zona, las conversaciones con desconocidos surgen con naturalidad y, en pocos minutos, la charla fluyó como si existiera una historia previa entre nosotros.

Entre risas y platos que iban llegando a la mesa, se unió Cristina, una catalana. En medio de la conversación mencionó las masías catalanas —un término que hasta entonces no había escuchado—: construcciones de piedra que durante siglos fueron el hogar de familias en las zonas rurales y que hoy tienen una segunda vida. Fue en ese instante cuando supe que quería conocerlas.

Cuando Cristina me mostró las fotografías, entendí que no estaba viendo simplemente una casa, sino uno de los patrimonios arquitectónicos más fascinantes de Cataluña. Al ver que le estaban dando un segundo uso eventos y estadías, le pregunté si era posible visitarla y recorrer Casa Rufina para descubrir todo aquello que había despertado mi curiosidad.
Casa Rufina, una masía entre historia y paisaje

Escondida tras los muros de piedra del casco medieval de Pals, Casa Rufina se encuentra en el corazón de la Costa Brava. Esta vivienda del siglo XV ha atravesado los años sin perder sus principales rasgos: los arcos que enmarcan sus salones, las vigas en las que todavía parece leerse el paso del tiempo y la muralla que la rodea, que aún la protege de las miradas externas.

Si se llega en coche, es necesario dejarlo en la parte baja del pueblo de Pals. Desde allí comienza el ascenso por un camino que conduce hasta la propiedad. A medida que se avanza, aparece la casa con sus dos accesos: la entrada principal y un pequeño caminito mágico y secreto, cubierto de plantas que conduce hacia este refugio.

Es impresionante cómo impacta a simple vista toda esta construcción de piedra. A primera vista, la construcción de piedra resulta imponente. Un jardín dispuesto en dos niveles conduce hasta un patio interior a cielo abierto, donde se encuentran la piscina, la zona chill-out y diferentes espacios desde los que el paisaje se despliega en altura. Varias terrazas completan este recorrido y ofrecen lugares para disfrutar de la pérgola, preparar una barbacoa o compartir con la familia.

Desde allí pude observar las islas Medas. Cristina me cuenta que es un lugar muy conocido en el Mediterráneo entre los buceadores de la zona. Al encontrarme con la piscina, la impresión fue aún mayor: está hecha de cristal de Murano y, en ese momento, la intensa luz del sol de verano se reflejaba sobre su superficie, creando un destello muy particular.

De allí seguimos hacia el interior. Apenas ingresé, los arcos que enmarcan los salones me resultaron imponentes. Las vigas de madera, marcadas por el paso del tiempo, parecen conservar parte de la memoria de la construcción. El silencio también cambia la percepción del lugar: se vuelve más profundo y genera una sensación de respeto y calma.

Una vez que comenzamos a recorrerla, Cristina nos cuenta que la casa está rodeada de leyendas. Mientras caminamos, mira hacia arriba y señala diferentes dibujos bajo algunas partes del tejado, realizados por sus antepasados como una forma de protección contra maldiciones, brujas y epidemias.

Restaurada en 2002, Casa Rufina mantiene un equilibrio respetuoso que prioriza la preservación por encima de la intervención. Distribuida en tres plantas, la vivienda cuenta con ocho habitaciones que combinan la piedra original con líneas contemporáneas, creando un diálogo armonioso entre pasado y presente. Una de las particularidades de esta masía son sus espacios secretos, rincones que aparecen a lo largo del recorrido y que también hacen parte de la experiencia de habitarla.

El recorrido también revela otra faceta de la propiedad: su relación con el arte. Al entrar a uno de los salones principales, uno de los elementos que más llama la atención son los techos de bóveda de estilo catalán, conocidos como bóveda catalana o volta catalana, en catalán. Se trata de una de las técnicas constructivas más emblemáticas de Cataluña, recuperada también por la arquitectura contemporánea por sus cualidades estructurales y estéticas. Su peso es considerablemente menor que el de una bóveda de piedra, trabaja principalmente a compresión y permite distribuir las cargas de manera eficiente. Además, el yeso facilita que cada hilada se sostenga casi de inmediato, mientras que la textura del ladrillo y sus suaves curvas aportan calidez a los espacios.

Al comenzar a recorrer el salón, aparecen obras de artistas locales como Joan Artigas y Francesc Guinart, integradas en los muros de piedra. Son piezas que recuerdan que esta casa siempre ha sido, además, un espacio para el arte local.

Se dice que estas paredes fueron testigo de algo más que banquetes y sobremesas, aquí pudo haber funcionado una escuela náutica que las crónicas de Pals de la Frontera relacionan con las cartas de navegación de Cristóbal Colón.

Hoy, esta misma casa que durante siglos ha albergado secretos de familias y navegantes se vive de otra manera: como escenario para bodas íntimas y hospedaje para quienes buscan unos días de descanso. Una masía histórica que combina la arquitectura tradicional con un diseño contemporáneo y que continúa siendo un lugar para crear nuevas historias y recuerdos.
