Revista Axxis
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La arquitecta Ana María Gutiérrez lidera Organizmo, un centro dedicado a la pedagogía y el desarrollo de procesos de investigación y construcción intercultural que ayuda a reconectar el cuerpo, el territorio y la comunidad de manera sustentable.

En su trabajo integra saberes ancestrales y prácticas contemporáneas para generar sistemas de aprendizaje y creación por medio de técnicas de construcción de bajo impacto, así como de tecnologías alternativas y de restauración ecológica.
¿Existe alguna característica recurrente, ya sea espacial, material o formal, en sus proyectos?
Sí. Más que una forma fija, hay una manera de acercarnos al territorio que se repite: escuchar antes de diseñar.
Nuestros procesos surgen desde el recorrido, el mapeo y el reconocimiento, donde el espacio no se impone, sino que se revela en relación con quienes lo habitan. Entendemos el territorio como un cuerpo vivo y el hacer como un ejercicio de cocreación situada.

En lo material, hay una búsqueda constante por trabajar con materias vivas y locales —fibras, tierra, semillas—, comprendidas no solo como recursos, sino también como existencias con ciclos, tiempos, memorias y fragilidades. Tales materialidades nos enseñan formas de relación basadas en el cuidado y la reciprocidad.
En lo formal, esto se manifiesta en estructuras abiertas y adaptativas, que se pueden transformar con el tiempo y con la comunidad. Son espacios donde el proceso es tan importante como el resultado.

El énfasis recae en un abordaje horizontal desde los diálogos iniciales de cada proceso. Apostamos por desarrollar y sostener prácticas de escucha profunda, como una forma de desaprender lógicas extractivas y evitar la reproducción de relaciones de colonización y opresión.

Nos interesa abrir espacios en los que puedan emerger las múltiples voces del territorio —humanas y no humanas—, para propiciar desde ahí encuentros interculturales que permitan tejer rutas colectivas de regeneración social, cultural y ecosistémica.
Para usted, ¿qué material o técnica local en nuestro contexto tiene el mayor potencial para construir un sentido de identidad colombiana por medio del diseño o la arquitectura?
Más que un material único, creemos que es la relación con los materiales, los saberes y los ecosistemas lo que construye identidad.
En nuestro contexto, el potencial no está únicamente en una técnica específica, sino en el entendimiento profundo de los sistemas de vida que sostienen esos materiales: los ciclos, los territorios y las culturas que los cuidan. Trabajamos con recursos y saberes locales —fibras, tierra, semillas, prácticas agrícolas y oficios—, entendidos como parte de tramas culturales y ecológicas vivas.

La materia prima es la biblioteca que nos guía, la cual está ligada a los calendarios ecológicos, a formas de manejo del territorio y a las prácticas comunitarias que regulan su uso desde el cuidado y la continuidad, que son nuestra escuela.
En este sentido, más que rescatar materiales, nos interesa reconocer y activar los sistemas de conocimiento que los sostienen. Son estos sistemas —en los que se entrelazan cultura, territorio y tiempo— los que tienen el mayor potencial para construir una identidad situada.

Así, el diseño y la arquitectura se convierten en un medio para interpretar y acompañar estas relaciones, más que en imponer formas, lo que permite que emerjan expresiones coherentes con los ritmos y las lógicas propias de cada territorio.
¿Qué intereses o búsquedas particulares exploraron en su más reciente proyecto?
En nuestro proceso reciente nos centramos en la soberanía de la materia prima, lo cual nos llevó a preguntarnos lo siguiente: ¿de dónde vienen los materiales que empleamos? ¿En qué condiciones crecen? ¿Qué ecosistemas los sostienen? A partir de estos interrogantes, desarrollamos mapeos territoriales que ayudan a identificar zonas de protección, al igual que viveros de propagación como estrategia de cuidado y continuidad.

También son claves el entendimiento y protagonismo de los calendarios ecológicos como herramienta fundamental para comprender los ciclos de cada fibra, y así proyectar una práctica a largo plazo que no agote el territorio, sino que lo regenere.

Esa soberanía de la materia prima y del alimento, de la mano con el reconocimiento de la cosmovisión como guía para las infraestructuras de bienestar territorial, constituye el eje central de nuestro trabajo.
Más allá de lo visual, ¿qué experiencia sensorial o emocional quiere usted producir con su trabajo?
Más que producir una experiencia sensorial o emocional predeterminada, nos interesa que estas emerjan, se nombren, se autogestionen y se apropien desde los territorios donde toman forma.

Nuestros espacios no parten de estéticas predefinidas; surgen de la escucha de las necesidades de las comunidades y del reconocimiento de la abundancia de los ecosistemas. Desde ahí, se van configurando como lugares situados, arraigados en las identidades culturales que los sostienen.
Buscamos que estos espacios puedan cobijar, contener y promover el cuidado, no como una intención impuesta, sino como una cualidad que emerge de las relaciones que allí se tejen.

Más que objetos, son organismos vivos de armonización territorial: espacios que se habitan, se transforman y se resignifican con el tiempo, en diálogo constante con quienes los cuidan y con todas las interdependencias que los atraviesan. En ese orden de ideas, la experiencia no se diseña, sino que se cultiva colectivamente.
¿Cuáles son sus influencias?
Nuestras principales influencias nacen de los pueblos originarios y comunidades locales, que, a pesar de siglos de opresión, continúan siendo una expresión viva de resiliencia, cuidado y manejo territorial.

En sus prácticas reconocemos formas profundas de habitar, donde el pensamiento, la palabra y la acción están alineados con la vida, y donde la relación con el territorio se sostiene desde la reciprocidad, el respeto y la responsabilidad colectiva. Nos inspiran sus calendarios ecológicos, sus formas de gobernanza, sus técnicas constructivas y, sobre todo, sus maneras de cuidar y transmitir el conocimiento.

Más que referentes formales, nuestras influencias provienen de estos sistemas vivos de conocimiento, donde la arquitectura no es un objeto aislado, sino una manifestación de la cosmovisión: un espacio que se habita desde la ritualidad, la memoria y la interdependencia con todos los seres.
