Revista Axxis
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En los ojos de la arquitecta María Adelaida Herrera, directora creativa de la firma Crearq, diseñar un espacio interior es un proceso que trasciende lo técnico, pues sus intereses están en preguntas más profundas: ¿cuál es su verdadero espíritu? (no el que se le quiere imponer). ¿Cómo se va a relacionar con las personas que lo habiten, desde el cuerpo y la memoria? De ahí que sus referentes vengan de otros campos de las artes, como el cine y la literatura.

Para esta egresada de la Universidad Javeriana, con máster en Interior Design de SPD Milán, y su socio, Miguel León Borda, “cada proyecto es una pieza autoral: un escenario donde convergen el diseño, la narrativa, la función y la emoción para generar experiencias que trascienden el tiempo y el lugar”.
¿Existe alguna característica recurrente, ya sea espacial, material o formal, en sus proyectos?
Sí, hay una constante, pero no es formal en el sentido tradicional. Es una manera de posicionarme frente al proyecto, de una forma de leer. Trabajo desde la necesidad de encontrar sentido. Antes de pensar en materiales, en formas o en decisiones espaciales, construyo un concepto que le pertenece solamente a ese proyecto. No es una idea general, es una estructura de pensamiento que nace de entender qué hace único a ese lugar, a ese encargo, a ese contexto.

A partir de ahí, todo lo demás se ordena. La materia, la luz, las proporciones, las relaciones entre espacios. Estas decisiones aparecen como consecuencias de ese concepto inicial. Por eso, no hay una característica formal que se repita. Lo que se repite es el proceso.
Para usted, ¿qué material o técnica local en nuestro contexto tiene el mayor potencial para construir un sentido de identidad colombiana por medio del diseño o la arquitectura?
La arcilla y el barro, por su presencia histórica y su capacidad de conectar con el territorio de una forma directa. Es un material que no hay necesidad de traducir porque ya está cargado de contexto, de clima, de oficio. En Colombia, la arcilla aparece en muchas escalas.

Está en la teja, en el ladrillo, en piezas más artesanales. Pero muchas veces se usa desde la repetición, no desde su potencial. Creo que ahí está la oportunidad de volver a mirar el material con intención. Es un sistema que se puede adaptar, evolucionar y construir identidad, sin caer en lo obvio.
¿Qué intereses o búsquedas particulares exploraron en su más reciente proyecto?
Exploré una idea muy concreta: cómo diseñar desde el espíritu real de un lugar (República Dominicana) y no desde una imagen preconcebida. Trabajé a partir del genius loci (espíritu del lugar). Un territorio que pasó de ser un pueblo aislado de pescadores a una comunidad abierta y diversa.

Eso me llevó a investigar tres tensiones que definen el proyecto: primero, la relación entre aislamiento y apertura; segundo, la condición anfibia del espacio, pues el proyecto busca trabajar entre tierra y agua, entre interior y exterior, y tercero, la mezcla cultural. Es un área donde lo local y lo europeo conviven y construyen una identidad compartida.
Más allá de lo visual, ¿qué experiencia sensorial o emocional quiere producir con su trabajo?
Para mí, esa es la base de lo que hacemos. Me interesa que una persona entre a un lugar y el espacio la toque, la envuelva, le transmita una emoción precisa. Calma, deseo, intimidad, asombro, pertenencia. Depende del proyecto, pero nunca quiero indiferencia.

A mí me interesa justamente eso, convertir el diseño en una experiencia sensorial completa. Que el espacio no solo sea bonito, sino memorable. Que te haga sentir especial. Que te deje una idea clara de la marca, del lugar y del contexto en el que estás. La arquitectura interior tiene esa capacidad de convertir materiales, decisiones y detalles en emociones reales. Y yo trabajo para eso, para que el cuerpo recuerde el lugar por lo que sintió ahí.
¿Cuáles son sus influencias?
El cine es una referencia constante. Películas como Columbus, Lady Bird, La La Land, Poor Things, Dune, Her, Parasite, Marie Antoinette o el universo de Wes Anderson están en la lista. También series como Ratched. Ahí encuentro lecciones sobre color, composición, ritmo y narrativa espacial. En el arte, me atraen artistas como Remedios Varo y Edward Hopper.

La literatura también es clave. Me obsesiona cómo algunos autores construyen lugares desde las palabras. Gabriel García Márquez, Wade Davis, Guillermo Arriaga, Leonardo Padura, Juan Rulfo, Sara Jaramillo. También me interesa la biología. Libros como los de Helena Curtis me ayudan a entender sistemas, relaciones, estructuras y cómo todo está conectado.
En diseño y arquitectura, hay referentes más directos. Gio Ponti, Patricia Urquiola, India Mahdavi, Dimore Studio, Kelly Wearstler, Kengo Kuma, Tadao Ando, Barragán, Flack Studio. Y en lo local, el trabajo de Rogelio Salmona y el paisaje colombiano son una influencia constante. Las ciudades, los pueblos, la biodiversidad y la forma en que la gente habita.
