Abra la puerta de cualquier edificio en cualquier rincón del mundo y, sin esfuerzo alguno, lo recibirá un susurro del espacio que lo rodea. En ese instante, brota una primera impresión, una conexión visceral que se entrelaza con los sentidos. Las respuestas que surgen pueden intensificar o matizar esa sensación inicial.

Esas percepciones no son meras coincidencias, son el eco de los sentidos (vista, oído, olfato y tacto), que envían mensajes a un cerebro que, como un artista, los analiza a través del lienzo de sus experiencias pasadas. Así se teje una sensación de equilibrio, una reacción psicológica, a menudo muy personal, ante los estímulos de luz, color y sonido que dan forma a su relación con el entorno.

Hoy, después de 35 años de haberse publicado la primera edición de la revista, hacemos un homenaje especial, en el que reflexionamos sobre el pasado, conectando con el presente y mirando hacia el futuro del diseño de interiores, un oficio que antes de la primera mitad del siglo XX pertenecía al ámbito de la arquitectura y que, poco a poco, se fue desprendiendo de esta, como si fuera ajena a dicha disciplina.
El diseño como herramienta para crear espacios vivos
Como lo mencionó muy contundentemente el diseñador industrial Diego Obregón en su artículo “Vivir el espacio”, en el décimo aniversario de la revista (2000), “los arquitectos creadores de los espacios tienden a mirar este oficio con cierta tolerancia, más aún desde la aparición del ‘decorador’, un ser que ha logrado éxito dentro de resultados cuestionables en la mayoría de los casos”.

Retomando las palabras de Obregón, no se trata de acabar con la reputación de los decoradores; la propuesta es insinuar que se pueden alcanzar resultados más significativos cuando el profesional responsable de la transformación y adecuación tiene un entendimiento profundo del lugar y sus particularidades, “más allá de ponerle tapete y cortinas”.

En la última década del siglo XX, la característica de los interiores fue el eclecticismo; pasamos de unas vanguardias y movimientos con elementos ícono e interiores fácilmente identificables a lo que he llamado haute design (alto diseño) o diseño de autor, en el que los espacios se proyectan a la medida de sus habitantes, casi como un vestido de alta costura, y aunque se vislumbra el espíritu de la época, no pertenece a ningún estilo en particular.

Sin embargo, no todo lo producido actualmente en este campo es “diseño de autor”. El voyerismo, como lo llamó Obregón en el 2000, caracterizado por la intrusión de los medios de comunicación en la esfera privada de las personas, posee la notable capacidad no solo de exhibir, sino también de educar nuestra percepción, una labor a menudo sutil pero fundamental.
El acceso, ya sea a través de los medios tradicionales o las redes sociales, a los espacios más personales de los demás, ha fomentado la tendencia a “copiar”, generando entornos que carecen de autenticidad e identidad propia.

Por lo tanto, no podemos perder de vista que el diseño de interiores ha estado intrínsecamente ligado al clima exterior, a la arquitectura, a la cultura y a la estética de cada época. La verdadera identidad de un espacio surge de la esencia de sus habitantes, pues, como bien afirmó Obregón, la vida de quienes lo habitan se debe utilizar con el fin de crear espacios para vivir, no para mirar.
Es imperativo que busquemos esa identidad espacial, un reflejo auténtico de la experiencia humana que da vida y significado a cada rincón.
