Revista Axxis
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Una mesa nunca está completamente vacía, aunque sobre ella solo existan objetos sencillos que utilizamos en la vida cotidiana, como una copa o un jarra. Pero, si se pone a pensar, estos elementos son capaces de construir conversaciones, rituales y recuerdos, volviéndose aún más espaciales cuando creados de forma artesanal con total delicadeza.

El trabajo de una nueva generación de diseñadores nos recuerda que algunos objetos nacen para permanecer y Dadá Project hace exactamente esto. Cuando se eligen objetos par la mesa ya no solo se busca un vaso o una copa convencional, buscamos comprar experiencias.

Es ahí donde Isabella Echeverry, diseñadora de esta gran marca, entendió que el vidrio no se controla por completo, sino que se conversa con él. Desde entonces dejo de verlo como un material y empezó a verlo como un medio para contar historias.

«El vidrio nunca deja de cambiar: pasa de ser una masa incandescente a convertirse en un objeto que puede acompañarnos durante generaciones y lo que realmente encanta es esa capacidad que tiene de transformarse y de capturar un instante para siempre», dice Echeverry.

Los objetos diseñados con intención tienen la capacidad de transformar una comida cotidiana en una experiencia más consciente y especial. Cuando la función y la emoción conviven, no solo hacen que las personas utilicen los elementos diariamente si no que también quieren conservarlas durante años.

Ese recuerdo lo vemos en nuestras abuelas cuando guardaban esos objetos especiales que, al final, hoy los estamos valorando cada vez más. Entonces, ¿Por qué no crear nuevos objetos que hagan más especiales una cena de compromiso, la celebración de un nuevo trabajo, la graduación de un hijo o el cumpleaños de tus seres queridos?

Sobre el diseño de los objetos
Una de las características de esta colección es que parece que capturara el movimiento. Es como si las piezas cobraran vida propia, como si conservaran la memoria del momento en el que el vidrio. Cuando se observan transmiten ligereza, espontaneidad y la sensación de que el material sigue respirando.

Esto no nace únicamente de una emoción o una imagen que tiene el diseñador, si no que se construye en conjunto con artesanos colombianos, relación en la que Echeverry recalca que el privilegio de trabajar con ellos, ya que «solo desde el taller se puede aprender a leer el color del vidrio, entender la temperatura, saber cuándo esperar y cuándo actuar. Es un aprendizaje que solo se transmite haciéndolo».

El vidrio parece un material frágil, pero trabajar con él exige muchísima precisión y eso le ha enseñado a esta artista a que la delicadeza y la fortaleza pueden existir al mismo tiempo. Este elemento exige paciencia, atención y respeto. Es un recordatorio constante de que las cosas más bellas suelen requerir tiempo y cuidado.

Constantemente, cuando se aprende a trabajar con el vidrio, los accidentes hacen parte del proceso creativo. Es un material vivo, impredecible, que no siempre responde exactamente como se espera. En lugar de ver esos imprevistos como errores, Echeverry y su equipo aprendieron a observarlos con curiosidad y a convertirlos en oportunidades.

Muchas de las formas que hoy hacen parte de sus colecciones nacieron precisamente de aceptar lo inesperado en lugar de intentar corregirlo. En ese proceso entendieron que lo imperfecto también puede ser extraordinario y que, muchas veces, la belleza aparece allí donde el control se pierde.

Cada pieza es única porque fue creada con manos artesanas, con pequeñas variaciones que nunca podrán repetirse exactamente igual. Y es esa singularidad, esa historia que queda atrapada en el vidrio, la que le da su verdadero valor.
El valor de un gran objeto no esté en su forma ni en el material del que está hecho, sino en los momentos que ayuda a construir. Una mesa no se recuerda por lo que había sobre ella, sino por las conversaciones, las celebraciones y las personas que reunió. Y hay objetos que, diseñados con intención y sensibilidad, permanecen en la memoria mucho después de haber terminado la comida.

Después de todo, cocinar una receta también es una forma de arte: es servir emociones sobre la mesa. Y más allá de los objetos, son esos momentos compartidos los que nos permiten atesorar la belleza de estar vivo y comprender que el diseño cuando nace desde la sensibilidad tiene la capacidad de transformar la vida.
