Una iguana camina con parsimonia por la plaza. Solo un reptil es capaz de aguantar semejante calor, y aun así es evidente que su destino es la sombra de algún árbol, donde se encuentran sus numerosos congéneres que, pese a su enorme tamaño, se dejan dormir entre las ramas. Es mediodía, y lo único que está habitado, además de los árboles por las iguanas, es el puesto de granizados de corozo y la iglesia, que con sus ventiladores es —aparte de un refugio para las almas— un resguardo contra este calor infernal. Este pueblo es Ciénaga (Magdalena).

A veces llega alguna brisa marina, pero hay ratos en los que el calor parece solidificado. Ciénaga es un lugar privilegiado por la naturaleza: por un lado, se encuentra a las faldas de la Sierra Nevada de Santa Marta; por otro, la Ciénaga Grande, un complejo lagunar de importancia ecológica internacional, y por otro, el mar Caribe. Por esa misma riqueza natural y geográfica, ha sido un núcleo de enormes fortunas, pero también de grandes desgracias.

Ejemplo de ello es una de las zonas más encantadoras de Ciénaga: la plaza del Centenario. Así se llama el parque principal del pueblo, en homenaje a los cien años de la independencia de Colombia, construido en el auge de la bonanza bananera, cuando los grandes hacendados viajaban a Europa y traían esa arquitectura a las Américas. Fue así como quedó atrás la arquitectura colonial, sencilla y austera, que se tenía desde el establecimiento del pueblo por Rodrigo de Bastidas en el año 1521, y se sustituyó por un lenguaje ecléctico o neoclásico.

Una de las muestras más evidentes de esta arquitectura es el famoso templete de Ciénaga, que sirvió para remplazar la fuente de hierro que había antes allí y que se ha convertido en un símbolo de la abundancia cienaguera en distintas etapas.
Diversos artículos y textos cuentan que esta edificación la diseñó aproximadamente en 1913 el francés George Julián Carpentier, padre del reconocido escritor Alejo Carpentier. Pero más allá de su encanto arquitectónico, es un sitio ideal para charlas, música y conversaciones. Incluso, sobre el templete, dicen que todo cienaguero que se respete le echa su respectivo cuento a su enamorada, poniendo como testigos la plaza y el templete.
Al frente de esta construcción está Sarai Echeverría, una joven de 34 años, cienaguera, madre de un niño y guía profesional de Ciénaga Mágica, una empresa dedicada al turismo comunitario y ecológico, que se enfoca en guiar a través de la Ciénaga Grande de Santa Marta y sus alrededores. Ella ha sido la encargada del city tour, esto es, de mostrar cómo ha cambiado la ciudad, gracias a la arquitectura. “Este es un punto de encuentro, donde la gente se reúne para comer un helado, para hablar, jugar, compartir y para ser bastante jocosos, como somos nosotros los caribeños”, explica.

Esta plaza es una amalgama de arquitectura e historias, en las que —con algo de imaginación y conocimiento de historia— se puede viajar fácilmente al pasado, cuando fue mercado, lugar de fiestas, escenario de batallas y fusilamientos, y punto de partida de la vida comerciante de la región. Esta arquitectura, este aparente desarrollo, también carga con un pasado doloroso.
La bonanza bananera marcó, sin duda, un antes y un después para estas tierras. En 1901 llegó la United Fruit Company, una empresa estadounidense que trabajó en varios países caribeños, y con ella el ferrocarril, los gringos y sus construcciones, así como un desarrollo económico nunca antes visto para la región. Sin embargo, la distribución fue inequitativa, a lo que se sumaron la explotación laboral y las pobres condiciones laborales para los trabajadores de las plantaciones. El ambiente se empezó a calentar hasta que las huelgas estallaron.

Ciénaga y sus alrededores tienen marcada en la piel esta herida con hierro caliente. La misma Sarai tiene atada esa historia a su familia, pues su abuelo, el señor Armando Lasso Palacio, era militar y lo trajeron desde Cartagena para controlar la huelga. No obstante, cuando presenció lo ocurrido, decidió huir del ejército y esconderse en la Ciénaga. “Él vio cuando mataron a muchas personas. Por eso se fue, y no podía volver a Cartagena porque lo arrestaban por deserción; entonces decidió convertirse en pescador. Ahí conocería a mi abuela, y bueno, el resto es historia”, cuenta Sarai.

En la frontera entre lo histórico y lo imaginado, narrado por Gabriel García Márquez, por Álvaro Cepeda Samudio en La casa grande, o en las mismas denuncias de Jorge Eliécer Gaitán, se habla de nueve muertos o de miles… Pero, sea cual sea la realidad, es una historia que no solo marcó a Ciénaga, sino a todo un país.
La magia de Ciénaga: en honor de Gabo
Una de las edificaciones más interesantes de Ciénaga es el Hotel Boutique La Casa Remedios la Bella, una casona construida en 1910 por Joaquín Fernández de Castro, un hacendado y reconocido personaje de la región del momento.

Quien cuenta la historia de la casa es Honorio Castañeda, cienaguero, abogado y propietario del hotel, que ha hospedado a las grandes personalidades que han pasado por estas tierras. “Carlos Vives se hospeda acá todo el tiempo”, afirma. “A mí me encantan la arquitectura y mi tierra, así que arrancamos este emprendimiento que tiene como objetivo básicamente homenajear a Gabriel García Márquez. No había en ese momento un hotel que contara la historia, que recreara Macondo y todo lo que es realismo mágico”, explica.

“En la primera planta vivía la servidumbre, y cuentan que por entre los arcos pasaba don Joaquín a caballo. En el segundo nivel vivía la familia, y acá, donde estamos, se puede sentir que es muy fresco porque tiene un sistema de ventilación cruzado”, señala orgulloso Honorio.
Efectivamente, hospedarse en este hotel de estilo republicano es adentrarse en el mundo de Cien años de soledad; cada cuarto tiene el nombre de una de las mujeres del libro y, además, hay un mural de Remedios la Bella mientras se eleva al cielo entre sábanas.

Así como esta construcción, hay otras tantas de la primera mitad del siglo XX: la casa Morelli, la iglesia de San Juan Bautista o el mismo Palacio Municipal, que se mantiene imponente con su arquitectura republicana. Y no hay que dejar de visitar la casa de la logia masónica de Ciénaga, una antigua mansión que es uno de los más de diez edificios o monumentos que hacen de este lugar uno de los 17 pueblos patrimonio de Colombia.
Mientras tanto, el calor se va opacando y las iguanas van saliendo, al igual que la gente de la iglesia. La vida es un ir y venir en Ciénaga.
