Revista Axxis
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Cuando Julisa Mosquera Murillo se asomaba por la ventana de su casa en el barrio Ciudad Jardín, en Bogotá, veía que todas las personas que pasaban eran blancas; no había ni una sola persona negra, y la soledad empezó a embargarla. Salía a la calle, saludaba y nadie le devolvía el saludo, hasta que un día fue a la plaza de mercado y se encontró con Fabiola Mosquera.

—¿De dónde es usted? —le preguntó.
—Del Chocó —respondió.
—Entonces somos paisanas, y seguro debemos ser primas.
Luego conoció a Luiza Ortiz, que un día caminaba por el barrio; venía de Barbacoas (Nariño) y era miembro de una de las primeras familias negras de la zona. Comenzaron a hablar y a buscar más personas negras en la localidad de Antonio Nariño, la segunda más pequeña de Bogotá. Al final, hallaron a 330 familias negras en esa localidad.

La mayoría de esas familias vivía en los barrios Policarpa y Santander, en condiciones de hacinamiento. “Tenemos que hacer algo por esas familias”, dijeron las tres mujeres.
La casa
El deseo de crear este espacio nació entre los jóvenes, hijos y sobrinos de Julisa, quienes, lejos de su tierra y frente a un sistema educativo que enseñaba —o, más bien, desconocía por completo— la historia negra, pensaron en cómo revertir ese fenómeno y hacerle justicia a lo que sus ancestros habían vivido.

El museo empezó en 2018 de manera itinerante: cada vez que conseguían algún recurso, organizaban un evento de conmemoración. Sin embargo, solo hasta 2025 pudieron consolidarlo y crear un espacio fijo donde la comunidad negra, y quien quiera, puede recorrer la historia real: “La historia nuestra, caballeros”.
Julisa, con su entusiasmo y energía, se comprometió con el proyecto y hoy es la coordinadora del Museo del Viernes Negro. ¿Por qué Viernes Negro? “Resulta que los muchachos encontraron que el nombre de Viernes Negro viene porque ciertos viernes se comercializaba más barato a negros que tuvieran algún ‘defecto’; que les faltara una oreja o algo así, y los vendían más barato.

Entonces, debido a que esa es una historia muy dolorosa para nosotros, quisimos reivindicarla poniéndole así a este lugar”, explica.
Las salas del museo
El museo está conformado por seis salas. Por ejemplo, El Palenque, en homenaje al primer pueblo libre de América, San Basilio de Palenque, fundado por cimarrones —esclavos que se fugaron para vivir en libertad— en el siglo XVII —se calcula que alrededor de 1603—, y donde aún hoy se conserva la lengua originaria palenquera.

A continuación se encuentra la sala La Historia no Contada: el Barco Negrero, en la que se expone el horror de la trata transatlántica de personas negras desde el continente africano hacia las Américas. Una práctica que la ONU reconoció, apenas hasta marzo de 2026, como uno de los peores crímenes de lesa humanidad jamás registrados en la historia: una atrocidad que duró siglos.

Luego viene la sala La historia contada, mal contada, sobre la resistencia silenciosa de las mujeres. Explican, por ejemplo, cómo a través de los peinados se retrataban los caminos secretos para escapar y llegar a los pueblos libres. Cada trenza era un mapa hacia la libertad.
Uno de los espacios más interesantes, quizá el alma del museo, es El Kilombo. Las velas encendidas confirman lo que luego Julisa señala: “Este es un lugar sagrado”, dice con la voz baja. Y aunque es la sala más pequeña de todas, alberga la fuerza de sus ancestros: medicinas, bebidas y tratamientos ancestrales.

“Aquí trabajamos con víctimas a través de la chirimoterapia, una práctica inspirada en la chirimía del Pacífico. Con la música y la danza buscamos el equilibrio entre cuerpo, alma y espíritu. Es un espacio de sanación”, afirma. También, cada viernes, realizan un encuentro llamado “Yo cuido a quien me cuida”, dirigido a mujeres que cuidan a sus familiares durante la semana. “Aquí vienen desde las 10 de la mañana hasta las 4 de la tarde. No usamos celulares. Cantan, bailan, tejen, aprenden a hacer pomadas y se dan un tiempo para ellas”, cuenta.

Otra de las salas es la infantil, bautizada como Mary Grueso Romero, en homenaje a la poeta y escritora que se convirtió en la primera mujer negra en ingresar a la Academia Colombiana de la Lengua Española. “Este es uno de los espacios más importantes, porque acá luchamos contra ese racismo estructural que todavía tiene Colombia. Los niños aprenden a respetar, los niños negros a sentirse orgullosos de quienes son y quienes no lo son, a respetar a los demás. Además —asegura—, es la sala más divertida, porque aquí les contamos historias, hacemos títeres y teatro; es muy lindo”.

De ahí se pasa a la Azotea, un patio central que da paso a la cocina, donde preparan con maestría los mejores platos de la costa Pacífica colombiana. También hay un jardín interior donde cultivan varias plantas que usan tanto en la cocina como en El Kilombo. Allí, Julisa Mosquera, después de un largo día, se sienta en su silla, se sirve su café, le echa un chorrito de curao —“qué delicia de carajillo”, asevera— y descansa un rato.
La sanación y la memoria

“¿Qué me hace feliz?”, se pregunta. “Estar en este lugar. Soy la mujer más feliz aquí, en el museo. Aquí reivindico la lucha de mi pueblo y reafirmo mi condición de mujer cimarrona. Cada día, cuando llegan visitantes, veo en sus rostros asombro, nostalgia y reflexión. Eso me llena. También me llena saber que una mujer que vino del Pacífico, quebrada, hoy está al frente de un espacio tan bonito y tan maravilloso, un lugar de sanación y reconciliación”.
