En Nueva Venecia, la gente tiene pies de barca desde hace siglos, pues las calles y los andenes son de agua. Cuando se dice que Nueva Venecia es un pueblo anfibio, ese adjetivo, que se emplea por lo general para referirse a un animal capaz de vivir entre el agua y la tierra, es perfectamente aplicable para esta comunidad y para otras dos que habitan todo el Complejo Lagunar Ciénaga Grande de Santa Marta: Buenavista y Bocas de Aracataca.

Para llegar a Nueva Venecia o Buenavista, las dos más comunes para ser visitadas —pues Bocas de Aracataca, desde la masacre que vivió, no volvió a estar tan poblada como las otras dos—, es necesario coger una lancha en el muelle de Ciénaga y navegar durante 45 minutos por las aguas de este enorme y extraño complejo acuático que combina el agua marina del Caribe y el agua dulce del Magdalena, así como la de varios ríos que bajan de la Sierra Nevada de Santa Marta.

Es un día soleado, en el que el agua se convierte en un espejo del horizonte, los manglares, las aves y el cielo. Todo se duplica. Se llega así al primer poblado en el camino, Buenavista, habitado por unas 1.200 personas. Las casas parece que flotaran, pero se sostienen sobre pilones.

El hecho de que las viviendas estén sobre el agua, levantadas a punta de madera desde hace siglos y que resistan los embates de la naturaleza —porque si bien el agua es tranquila, las tormentas allá son fuertes— ya es un acto de magia arquitectónica. A esto se suma el encanto del color, pues hace unos años varias organizaciones, entre estas la Fundación Pintuco, las pintaron con tonos vivos que rompen el azul y el verde del paisaje.

La historia de las viviendas de Nueva Venecia
En Nueva Venecia vive Edrilfo Pacheco, artesano y también bautizador de barcas; nació, se crio, construyó su casa, conoció el amor y tuvo a sus hijas en el agua. Con 34 años de edad, siempre recibe con una sonrisa a quienes lo visitan en su bello hogar, que también es su taller. Desde pequeño aprendió a hacer artesanías, específicamente a trabajar con madera náufraga para tallar pequeñas embarcaciones, aves y casas palafitas, entre otros objetos.

“Acá nací, acá crecí y acá he pasado toda mi vida”, cuenta Edrilfo; rodeado de sus dos pequeñas hijas, recuerda los juegos de niño. Por ejemplo, ¿cómo juegan fútbol en un pueblo sin piso? Pues en el agua y con las manos. Mientras fluyen los recuerdos, de fondo, un niño se sube al tejado de una casa y eleva su cometa; otros dos bogan en una pequeña barca de tablas. Una señora pasa con su bebé en brazos y un paraguas. Aquí el tiempo transcurre distinto.

El destino de Edrilfo estaba marcado desde su nacimiento: ser pescador, como su padre y su abuelo, al igual que la mayoría de los pobladores de Nueva Venecia desde que este lugar existe.

Sin embargo, su padre vio en él otros talentos; le gustaba el arte en la escuela, se entusiasmaba por pintar, así que prefirió impulsarlo a estudiar. El pequeño Edrilfo asistía a un taller donde hacían barcas y comenzó a aprender a tallar. Así fue formando su oficio como artesano, y hoy vende sus obras a los turistas que llegan al pueblo.

Se calcula que Nueva Venecia data de 1847, cuando comenzó a ser construida por pescadores que, en sus largas faenas, empezaron a crear pequeños asentamientos en zonas más tranquilas, hasta que finalmente comenzaron a llevar a sus familias y a levantar casas más grandes.

“Cuentan los más viejos que pescadores de pueblos ribereños venían a pescar; primero usaron las canoas para dormir y luego arrancaron a construir trojas, cuatro palos de un metro por un metro, en las que colocaban sus cosas para desocupar la canoa y poder acostarse”, explica Edrilfo.

Luego hicieron varaderos, ya que cuando soplaban vientos fuertes, la canoa se hundía. Estos varaderos servían para poner la canoa en el aire. Después empezaron a hacer “cuarticos de panela”, unas chozas cuadradas que con plástico se acomodaban mejor. Más tarde llegaron con sus esposas; mientras ellos salían a pescar, ellas cocinaban y cuidaban a los niños. Las casas comenzaron a construirse con zinc. Así, el pueblo fue creciendo.

Edrilfo construyó su propia casa; empezó por comprar el “terreno”, que en realidad es un espacio en el agua al lado de otro hogar, el de su mamá, y donde antes hubo otra casa, por lo que ya existía una base. Si hay evidencia de que antes hubo una vivienda, se puede construir, siempre y cuando sea un familiar que haya fallecido o que dé la autorización.

Primero se compran los pilotes, palos de tres metros de largo y unas cuatro pulgadas de grosor, dependiendo del área. La casa de Edrilfo requirió 150 de estos. La madera a veces la sacan de los manglares, pero ahora adquieren palos más resistentes, que son de tierra firme. Se construye la mesa, que es como la base, y luego los horcones, que son los más largos y van desde el agua hasta el techo.

Esta casa necesitó más de 30 de esos palos. Sigue el techo con láminas, unas 48 en total. Una vez que se tiene esta cubierta, se pasa a las paredes; algunos las hacen con superboard, otros con drywall, y algunos todavía mantienen la tradición de los tablones de madera.

La construcción de las casas es un trabajo en familia: padres, hermanos, hijos y vecinos participan en esta labor. Edrilfo, en este momento, le está ayudando a su hermano, que está levantando su hogar a unas pocas cuadras.
Y así pasa el tiempo en Nueva Venecia. Los embates del clima, de la contaminación, de la guerra, no tumban las casas, y el cielo se sigue viendo reflejado en las aguas de la ciénaga.
