Revista Axxis
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La arquitectura, sobre todo la doméstica, encarna las tradiciones propias de la cultura de quienes la construyen. Las maneras de vivir, la relación con el clima y los pequeños rituales dan forma a los espacios que habitamos en función de nuestro equipaje cultural y geográfico.

Así, la casa japonesa tradicional se ordena desde el piso: el cambio de nivel en el acceso marca dónde se deja el calzado, el tatami fija las medidas de los cuartos y la vida doméstica sucede a poca altura, sentada o tendida. La arquitectura tropical colombiana contemporánea, en cambio, se ordena desde el borde: aleros profundos, celosías, fachadas que se abren para ventilar y dejan entrar la vegetación.

Una tradición controla cómo se entra y cómo se ocupa el suelo; la otra, cómo se protege y se abre la envolvente. Esta vivienda, diseñada para una familia colombo-japonesa, mezcla estas dos culturas en una arquitectura sensible a dos espíritus: el de la exuberancia del lugar y el de los rituales de la vida cotidiana.

Esa fue la operación que Llano Arquitectos, firma de Medellín dirigida por el arquitecto Juan Camilo Llano y dedicada a la arquitectura residencial, desarrolló en una vereda del municipio de El Retiro, en el oriente antioqueño. La casa tiene 310 metros cuadrados y se implanta en un clima que oscila entre los 11 y los 23 °C.

La distribución espacial de la casa

El lote planteó desde el inicio una condición difícil: una explanación de área moderada, una gran superficie en pendiente y el acceso vial en la parte alta de la topografía. El proyecto convierte esa limitación en una estrategia de emplazamiento. Las zonas social y privada ocupan la explanación, apenas separadas por un desnivel sutil, y conforman en planta un patio de césped protegido entre ambos cuerpos.

Bajo ese nivel, se aprovecha la diferencia de altura del terreno para hacer una oficina, la cual se conecta con la casa mediante una escalera que desciende con la pendiente del predio. Más abajo, suelto en la ladera, un pabellón acristalado aloja el gimnasio.

Hacia la vía, la casa se cierra parcialmente. Un muro calado de bloque de concreto, montado sobre una viga metálica, filtra la mirada desde la calle y permite entrever qué hay detrás. A su lado, una secuencia de tabiques de madera, bajo una cubierta, agrupa los cuartos técnicos y completa ese primer plano construido.

Al atravesar el umbral que define ambos elementos, aparece una estancia exterior que antecede la puerta. El acceso no se resuelve en un solo punto; se organiza como una transición entre el afuera y el adentro.

Ahí aparece el primer ritual. El genkan, el vestíbulo donde los japoneses se quitan los zapatos antes de entrar a la casa, ocupa el espacio inmediato a la puerta. Una vez abierta, quien llega queda frente a un vacío destinado a un árbol sembrado durante la construcción. Al visitante lo recibe un corredor que remata en un elemento vivo y no con una vista abierta al valle; esa vista se reserva para más adelante.

La distribución de los espacios se organiza a partir del corredor de acceso. Hacia un lado aparece la zona social, abierta e integrada, mientras en el extremo opuesto se disponen las alcobas linealmente a lo largo de una circulación.

En el interior, la zona social se abre al paisaje montañoso con fachadas acristaladas de piso a techo y terrazas dispuestas en el borde hacia la vista. Allí, junto al vacío de la escalera, se dispone el tatami como segundo ritual, importado desde Japón y elaborado por un artesano de ese país. La pieza no se exhibe como objeto, se integra al piso como una extensión elevada de la sala. El tercero, el ofuro, ocupa el baño principal en el extremo de la barra de alcobas, como tina de inmersión.

La cualidad espacial de la casa logra una diversidad sutil mediante cambios de altura. La zona social alcanza un piso y medio; por otro lado, las alcobas mantienen una altura sencilla. El paso entre ambas proporciones se resuelve con conexiones discretas, como el peldaño de piedra de borde rústico que une los dos niveles al comienzo de la galería.

Sobre los materiales
Esa galería, con un costado en carpintería de roble y el otro acristalado hacia el patio, distribuye las habitaciones sin cerrarlas al jardín. Las dimensiones de los ambientes son mesuradas y ajustadas al uso; no hay área sobrante, sino un aprovechamiento cuidadoso de cada metro.

La materialidad se reduce a pocos elementos. El concreto define la estructura y los muros, y queda expuesto. Los pisos combinan concreto y madera estructurada. Los baños llevan enchapes cerámicos japoneses, los muebles fijos se construyen en chapilla de roble y los cielos en roble natural. El concreto aporta la masa; la madera aparece en todo aquello que se toca, se abre o se usa a diario.

La volumetría enfrenta dos gestos de cubierta. La zona social se cubre con una losa plana de concreto que vuela sobre las fachadas y protege las terrazas. El volumen de las alcobas, en cambio, tiene un techo a cuatro aguas en teja cerámica vitrificada, cuya inercia regula la temperatura de las habitaciones.

Sobre esa cubierta, unas claraboyas motorizadas introducen luz cenital indirecta, recortan fragmentos de cielo y evacúan el calor y la condensación acumulados. En las losas planas, los paneles fotovoltaicos alimentan los pisos radiantes que estabilizan la temperatura interior.

Para Llano, el proyecto opera con una política de síntesis en la forma y en la tipología, acompañada por un desarrollo intenso de detalles específicos que cualifican esa simpleza. La planta es elemental: dos cuerpos y un patio. La complejidad se traslada al peldaño, a la junta, al borde del tatami, al encuentro entre la tablilla del cielo y el muro.

Dos culturas se encuentran en esa precisión de los detalles y no en la imagen. Adentro, el concreto, el roble y el tatami ordenan un interior contenido, de pocos materiales y superficies continuas. Afuera, la vegetación del oriente antioqueño, el árbol del acceso y la montaña ocupan cada fachada abierta. La casa sostiene ambas condiciones a la vez: el silencio de lo japonés y la exuberancia del trópico colombiano.
Cinco puntos para destacar del diseño de esta obra
1. La zona social y las alcobas ocupan la explanación del lote, mientras la oficina y el gimnasio descienden con la pendiente del predio.
2. Un muro calado de bloque de concreto y una secuencia de tabiques de madera cierran parcialmente la casa hacia la vía y definen una estancia exterior previa al acceso.
3. El genkan, el tatami —elaborado por un artesano japonés— y el ofuro del baño principal incorporan rituales domésticos japoneses, sin recurrir a formas literales de esa tradición.
4. Una losa plana de concreto sobre la zona social y un techo a cuatro aguas con claraboyas sobre las alcobas definen dos cubiertas que contrastan en forma y cualidad espacial.
5. Concreto expuesto, roble en muebles y cielos, y enchapes cerámicos japoneses conforman una paleta reducida que traslada la complejidad del proyecto al detalle.
