Revista Axxis
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Luego de conducir por una carretera destapada durante más de veinte minutos, llegamos a la casa del maestro tallador y artesano Ricardo Germán Maigual Juajibioy, en la vereda San Félix. Entramos directamente a su taller, donde cientos de máscaras de madera de gran tamaño se encuentran apiladas para ser pulidas. En el piso, hay viruta; al fondo, una mesa de madera, y al frente, algunas de sus piezas colgadas, ya finalizadas.

La luz de la mañana ilumina el espacio de una manera mística. Maigual, quien pertenece a la comunidad indígena kamëntšá, aparece sonriendo. Luce su tradicional ruana —conocida como sayo—, con rayas azules y blancas y borde rojo.

Cuenta que desde hace aproximadamente veinte años se dedica a este arte. Su primer maestro fue Luis Pujimuy. “Él fue quien me enseñó a dar los primeros machetazos en madera. Fue como un amor a primera vista. Desde ese momento, quise aprender, tuve paciencia y ganas de fortalecer este legado de mis mayores”, recuerda.

Al mirar en detalle, se nota que las máscaras captan rostros de hombres sonrientes, algunos de sorpresa, y otras mezclan los de humanos con animales sagrados para los kamëntšás, como el oso, que representa energía y resistencia, y el jaguar, protector y maestro de la selva.

El oficio de la madera

Dos de las imágenes que más se repiten son las de san Juan y Matachín, figuras fundamentales en la cosmovisión de esta comunidad indígena y que siempre están presentes durante el Carnaval del Perdón —para ellos se denomina Bëtsknaté—, una fiesta de reconciliación que se lleva a cabo el lunes antes del Miércoles de Ceniza. El san Juan es un rostro exagerado en negro que saca la lengua. Para algunos, representa el rechazo a los colonizadores. El Matachín, por su parte, encarna la figura del Sol y lidera el Bëtsknaté.

“Lo más bonito es el significado cultural y espiritual que tiene cada máscara. Cuando una persona se lleva una de nuestras máscaras, se está llevando un pedacito de la historia del pueblo de los kamëntšás”, asegura Maigual.

La madera que emplea es el sauce y la utiliza cuando se cae naturalmente durante la temporada de vientos. “No está en peligro de extinción; por el contrario, hay mucha. Incluso a veces la gente nos la regala”, aclara. Y su estilo de tallador se distingue, comparado con los otros artesanos, porque le gusta hacer máscaras grandes. En promedio, dice que desde el momento en que corta la madera, la pule y le hace varios acabados, tarda tres meses en finalizar cada pieza.
