Revista Axxis
Getting your Trinity Audio player ready... |
Seis de ellos son hombres; pisan con fuerza el lodo con sus botas de caucho e interrumpen el silencio absoluto a orillas del río Atrato. Altos y fornidos, se les ve bajar de una lancha, uno por uno, con cascos amarillos y sierras sobre los hombros.

Entre ellos hay un solo machete que no cuelga de un hombro, sino que se hunde en el barro fangoso para sostener el paso: es el de Eleodora Asprilla, la única mujer del grupo, que pisa con la misma fuerza —e incluso más— que sus compañeros. Ella se acomoda la camisa y se prepara para entrar en la profundidad de la selva, corazón adentro, para cortar madera.
Extraer la madera de la selva chocoana nunca fue una tarea sencilla, ni para los ancestros afrodescendientes ni para los hombres y mujeres que heredaron este oficio. Es la mirada imponente del bosque: lo grande, lo profundo, lo lluvioso, lo incierto. Es esa rudeza la que encarna Eleodora, y el recuerdo de su padre en las épocas en que podía tardar días enteros selva adentro, sin protección y sin jornal.

Allí, el río ya no se escucha. Solo el crujir de las hojas secas y los silbidos de las aves. Han pasado quince minutos y las pisadas en falso ya dejaron a uno que otro inmovilizado en el fango. A los veinticinco minutos, la humedad empieza a hacer de las suyas, el sudor empaña los ojos y baja por la frente. A los treinta, las camisas y la piel están empapadas. A los sesenta, finalmente, se escucha el sonido de la motosierra; sale el primer bloque; cuatro metros de largo y casi cien kilos de peso.
—Ese bloque que usted ve ahí lo teníamos que cargar sobre los hombros y bajarlo hasta el otro lado del río— comenta uno de los hombres.

Cargar casi cien kilos de madera, kilómetros selva adentro, bajo lluvia y sin garantías, fue durante años la única forma de trabajar entre los árboles. Por eso, cuando llegó el cablevía —un sistema pensado para sacar la madera de la unidad de corta hasta el río—, no fue solo una mejora logística, sino una forma de transformar la región desde adentro. Eso lo sabe muy bien Leiner Murillo, más conocido como el Indio.
Leiner asegura que, cuando nació, la madera ya estaba allí, en sus primeros recuerdos. A los ocho años acompañaba a su papá al bosque, cuando el sol ni siquiera se asomaba, río arriba en canoa, para sacar abarco, una madera ya escasa: “Las condiciones eran muy difíciles; nos podíamos ahogar o exponernos a la mordedura de una serpiente”.

Del negocio dice que “tiene bastantes dificultades”. Por eso, cuando se unió a la Asociación Forestal Sostenible para el Desarrollo Comunitario del Medio Atrato (Asofodema), pudo ver los primeros cambios: “Afiliación a la EPS, casco, guantes, botas, y que te brinden protección si tienes un accidente”.
Un modelo forestal construido desde el territorio
Asofodema —la organización a la que Leiner se refiere con tanto alivio— es la respuesta que un grupo de familias afrodescendientes encontró para administrar sus bosques de manera consciente y sostenible. Familias de los consejos comunitarios de Bojayá (Chocó) y de Vigía del Fuerte (Antioquia) se organizaron con un mismo propósito: convertir el manejo del bosque en un negocio propio, legal y de conservación ambiental, en un territorio donde durante años la única opción había sido la extracción informal o la venta de madera en bruto a intermediarios externos que, como recuerda Leiner, muchas veces ni siquiera pagaban.

Esta organización tiene bajo su manejo 20.000 hectáreas de bosque natural, divididas en 30 unidades de corta anuales que la organización trabajará, según sus proyecciones, a lo largo de los próximos 30 años. La primera de esas unidades, de cerca de 600 hectáreas, ya está en operación.
“Lo que se hace acá en el territorio es un aprovechamiento selectivo, un aprovechamiento tradicional. En su gran mayoría, la madera que se corta es para trabajo de casa, para construcción”, explica Leiner. El método es simple pero cuidadoso: por cada unidad de corta se identifican qué árboles tienen fenotípicamente las condiciones para ser aprovechados, y el resto se dejan en pie.

—De esta manera, permitimos que en los próximos años se pueda regenerar esa nueva población que está ahí, para hacer otra vez el aprovechamiento y no afectar a las generaciones futuras —dice.
Ese modelo ya deja cifras: en el último periodo, Asofodema aprovechó 226 metros cúbicos de madera y comercializó 58, entre clientes de Bogotá, Quibdó y el propio Vigía del Fuerte.
Antes de cargar la madera en el cablevía, Eleodora agarra un par de hojas de plátano para el almuerzo. Sus compañeros toman las poleas para que, en cuestión de minutos, ese bloque llegue al centro de acopio. Ahí, lo espera un hombre que sobresale por su enorme afro blanco.

Él es Jorge San Martín; a sus 62 años, fabrica todo tipo de artefactos en madera. “Soy carpintero, como Jesús”, comenta. En el centro de acopio descarga la madera y les enseña a los más jóvenes cómo aprovecharla para hacer puertas, mesas y sillas. Puede estar horas trabajando sin sentir cansancio: “Es que yo soy fuerte, como el río Atrato”, expresa. Se pasea entre los aserraderos portátiles, el banco de maquinaria de carpintería y los sistemas fotovoltaicos —la misma maquinaria que hoy usan Eleodora y sus compañeros—.
Todo esto, así como el cablevía, llegó gracias al respaldo del Fondo Colombia en Paz, que financió la construcción y dotación de este centro de acopio por intermedio del Programa Colombia Sostenible y con recursos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

“Me gustaría que los jóvenes se emplearan en esto, dejarles un legado”, menciona Jorge. Ese deseo lo encarna el mismo Leiner, quien suma esfuerzos con Asofodema para que los jóvenes no se vayan de su territorio, sino que encuentren en él una razón para quedarse; hoy, entre las unidades de corta y el centro de acopio, el proyecto sostiene cerca de 210 empleos formales en la región, el tipo de trabajo que antes solo ofrecían la informalidad o la migración.

“La idea es que si alguien compra madera, sepa que viene del Chocó, de Bojayá, de la comunidad alegre de San José de la Calle. Que sepan que estamos aquí”, dice Leiner.
Y tiene una razón más para decirlo con orgullo: en 2025, Asofodema se convirtió en la primera organización afrodescendiente de Colombia y de toda América Latina en obtener la certificación FSC (Forest Stewardship Council) de bosque natural —el sello internacional que garantiza que esa misma madera se cortó respetando el bosque que la vio crecer—, la prueba de que el bosque, bien cuidado, también puede sostener a los que lo cuidan.
