En esta casa, el paisaje se revela con una intensidad difícil de describir. El mar con su infinito horizonte y la selva que sale a su encuentro crean una presencia sagrada. La luz, las flores, las piedras, los árboles y la inmensa cantidad de seres vivos que habitan aquí se encargaron de crear una experiencia antes de que llegase la arquitectura. Y fue por eso que esta casa se diseñó no como un elemento independiente de su entorno, sino como una forma de establecer una íntima relación con él.

Se trata de Casa Malonic, uno de los más recientes proyectos del estudio HW y está ubicado en Zihuatanejo, una ciudad a orillas del mar al sur de México. El arquitecto líder, Rogelio Vallejo Bores, y su equipo, querían crear un espacio que fomentara el silencio, la tranquilidad y la paz interior.

Esto se logró gracias a la reducción de la arquitectura a sus elementos esenciales: un piso, un techo, una sombra. Así se construyó esta casa, inspirada en la simplicidad de una enramada, el lugar que representa las condiciones elementales de la habitabilidad. Y el horizonte es más que una vista para el proyecto: es el elemento sobre el que se concibió.

Una casa que evoca la playa

Con el piso también se extendió la relación con el lugar y busca evocar a la arena de la playa para hacer sentir a la casa como una extensión de ella. No es que los materiales quieran representar el paisaje, sino que quieren establecer una continuidad sensorial con él. En ese sentido, la textura es tan importante como el color, porque la arquitectura se experimenta con los pies antes de que pueda ser entendida por los ojos.

Mientras tanto, las paredes blancas encuentran su inspiración en las flores blancas de los nueve árboles Cacalosúchil que rodean la casa. Así, el diseño bebe de dos condiciones del lugar, la tierra y su color.

Aunque esta relación entre la casa y el paisaje no es evidente a primera vista. Vista desde la calle, la Casa Malonic parece una masa blanca acompañada apenas por un muro curvo de concreto. Esto crea una barrera entre el interior y el exterior, y mientras más se avanza, la vegetación, las piedras y, en general, toda la topografía del lugar incrementa la condición defensiva de la casa hacia la calle, lo que le permite permanecer escondida hasta que alguien decide entrar en ella.

El camino de entrada lleva a un patio circular rodeado de paredes blancas. Allí, reaparece el paisaje. La arquitectura entonces deja de ser una frontera y en cambio guía la mirada hacia la naturaleza que abraza todo el proyecto. Basta con doblar una esquina para recelar el cielo, la luz del sol y las copas de los árboles.

Se puede decir, por lo tanto, que el proyecto de la Casa Malonic está organizado como una transición: de la calle al refugio, del refugio al patio, del patio al paisaje. Esta casa comienza como un fuerte que protege y termina como una estructura que apenas da sombra entre la naturaleza. Entre estos dos puntos está la casa. No quiere emular a la naturaleza ni tampoco desaparecer en ella. Quiere construir una relación con el lugar a través de simples operaciones: contener, moverse, remover, abrirse. Es entonces un balance entre la materia y el vacío.
