Revista Axxis
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Es usual pensar en arquitectura como una colección de estilos…, de maneras, formas y materiales, referidas generalmente a los objetos y no al espacio, que juntas reciben un nombre. Esta forma de entender la profesión parece que presentara el trabajo de los arquitectos como curadores de un catálogo del que simplemente se escoge y se combina.

¡Nada más reduccionista! Incluso se piensa que las arquitecturas propias de un sitio en particular se pueden reducir a estilos: arquitectura costera, urbana o rural. La realidad es que estas maneras de construir nuestro espacio habitable lo que hacen es establecer un diálogo con su entorno; que una casa en la playa sea diferente de una de montaña no es una cuestión de gusto sino de relación con el clima, la cultura y el paisaje. Esto es cierto en el caso de la arquitectura rural colombiana.

Nuestra arquitectura rural no es un estilo, sino una acumulación de inteligencias y saberes. Cada corredor, cada alero, cada muro grueso responde a una herencia histórica, a los materiales que hay a la mano y a una relación directa con los atributos climáticos del lugar. Un arquitecto podría replicarla, sí, pero podría también entenderla como una forma de sabiduría construida que se puede estudiar para aprender de ella y proponer otra manera de habitar el campo, distinta de la casa campesina vernácula pero fiel a lo que esta enseña.

En Nocaima (Cundinamarca), donde el frío de la sabana empieza a ceder ante un clima templado y la vegetación se vuelve exuberante, profesionales del nuevo Departamento de Arquitectura de Obreval, firma bogotana con décadas dedicadas a la construcción, dirigido por el arquitecto Pablo Zarama, diseñaron un pabellón que parte de esa lectura.

Ubicado en la parte alta del predio, con una vista privilegiada sobre las montañas de la zona, el proyecto es la materialización de una investigación sobre cómo hacer arquitectura rural contemporánea, sobre cómo alejarse de los lugares comunes de las tipologías vernáculas sin renunciar a sus materiales, técnicas y configuraciones espaciales, reinterpretándolas para no repetirlas. En palabras de Zarama, “Buscamos habitar el paisaje colombiano de manera contemporánea, pero de forma respetuosa con nuestra herencia local”.

Esa búsqueda se traduce en decisiones concretas. La estructura portante se resolvió en guadua y aparece como un sistema suelto en la planta. Un pórtico de vigas y columnas en este material soporta la construcción entera y libera a los muros de cualquier responsabilidad estructural. Cada columna se conforma a partir de varios troncos dispuestos en cruz, una sección que hace un guiño al célebre pabellón alemán diseñado por Mies van der Rohe en Barcelona, resuelta aquí en un material vegetal y local en vez de acero.

Los muros en mampostería los revistieron con un pañete pigmentado que evita el uso y el mantenimiento posterior de la pintura. Esa decisión, además de ser práctica, promueve la aparición de las huellas del desgaste como postura estética, algo que la construcción urbana rara vez admite.
La cubierta se resolvió a dos aguas invertidas, con una pendiente sutil hacia el centro en lugar de hacia afuera, como ocurre en la mayoría de estos techos. Esa geometría invertida recoge la lluvia en un canal central que la conduce a tanques de almacenamiento para uso doméstico y, al mismo tiempo, al levantar el borde perimetral, abre el espacio interior hacia el paisaje.

Un alero bordea la construcción entera y genera un espacio intermedio entre el interior y el exterior, protegido del sol y de la lluvia, donde aparecen sillas y hamacas. El resultado es una arquitectura tropical que se sostiene en los valores y la herencia de la tradición constructiva del campo colombiano desde una mirada contemporánea.
La distribución espacial de la casa
El proyecto está concebido como un pabellón, una construcción flexible organizada alrededor de un núcleo de servicios con baño y cocina. Hoy funciona como un sitio para llegar, con cama y comedor; en el futuro, será un estudio de arte. El interior se resuelve como un área abierta y flexible.

Una puerta vidriera diluye ese espacio hacia una terraza en piso de gramoquín, un patrón entre concreto y tierra que aleja la construcción de las materialidades propias de la ciudad, y una ventana cuadrada que no abre enmarca un fragmento del paisaje. La ventanería cumple así dos funciones: por un lado, vincula el interior con el entorno y permite habitarlo; por el otro, deja observarlo como si se tratara de una pintura.
La geometría del proyecto es completamente ortogonal, pero las áreas de servicio se resuelven mediante muros curvos que funcionan como una anomalía dentro de esa regla y generan un contraste espacial deliberado. En la cocina, la curva conforma el mesón y una serie de entrepaños para los enseres, mientras que en el baño la sinuosidad del muro y una claraboya en el techo le dan al espacio un carácter íntimo, desconectado visualmente del exterior.

Sobre el costado trasero aparecen dos cuartos de almacenamiento, definidos también mediante una curva que hace eco en el muro de contención en piedra que corta suavemente la colina. La conjugación de estas dos geometrías, la recta y la curva, dignifica las áreas de servicio y ancla la construcción al relieve sinuoso de la montaña.
Este pequeño pabellón se basa en la tradición de la arquitectura campesina pero no la replica; la cuestiona y recoge de ella su ADN. No la aborda como un estilo previamente clasificado, sino como un campo de experimentación sensible que ofrece nuevas posibilidades. Su austeridad y su simpleza esconden una reflexión profunda sobre la forma en la que se habita la ruralidad en Colombia.
Cinco puntos para destacar de esta obra
1. La estructura portante de la casa se resuelve en guadua mediante un pórtico de vigas y columnas que libera a los muros de cualquier función estructural.
2. Cada columna se conforma con varios troncos dispuestos en cruz, una sección que da un guiño al célebre pabellón alemán diseñado por Mies van der Rohe en Barcelona.
3. La cubierta a dos aguas invertidas recoge la lluvia en un canal central y, al levantar su borde perimetral, abre el interior hacia el paisaje.
4. El proyecto se concibe como un pabellón flexible, organizado alrededor de un núcleo de servicios. Hoy, es un lugar para llegar; en el futuro, será un estudio de arte.
5. Frente a la geometría ortogonal del conjunto, los muros curvos de cocina, baño y depósitos introducen una anomalía que ancla la construcción al relieve de la montaña.
